Ir al contenido principal

Su obra en mi cuerpo



Conversábamos desnudos sobre los grandes almohadones. Sus manos acariciaban mis pechos y sus dedos se entretenían en ir dibujando  círculos invisibles alrededor de las rosadas aureolas de mis pezones …

Hacía  tiempo que él había  tratado  de convencerme para que posase  para uno de sus cuadros. Creí que se trataba de una broma, pero ante su insistencia comprendí que dicha   proposición iba completamente en serio. Rehúse  hacerlo mi pudor no me lo permitía. Acabé respondiéndole  que me lo pensaría. Posar desnuda como sus otras modelos, no era algo que me apeteciese, mi cuerpo ya tendía a descolgarse por la edad. Me  dediqué  a mirarme desnuda ante el espejo de mi dormitorio una y otra vez, viéndome en ese receptáculo de cristal una vez mejor que otras.  
Pero acabe haciéndolo, me costó mucho dar ese paso, pero lo conseguí. Cuando se lo dije, apenas pude mirarle y él que me conocía  desde hacía tiempo, sabía lo mucho que me estaba costando acceder a su petición. Intentó restarle importancia al tema  y con la ayuda de varios bit bíters   y en un tono jocoso dimos el tema por zanjado por el momento.
Llegado el dia de ese posado que me tenía tan alterada.   Me indicaste sin siquiera mirarme,  que una vez me hubiera deshecho de la ropa tras el biombo, me fuese a tumbar sobre los almohadones y el futón chino. Como un autómata, hice todo lo que me había dicho. Tarde  en desnudarme. Me costó terriblemente  salir de detrás de aquel parapeto de madera mostrando mi desnudez ajada. Es cierto que en ningún momento él me recrimino mi tardanza. Sentí  que me echaba fuego la cara. Me imaginé  el sonrojo de mi  rostro en comparación a la tonalidad nívea del resto de mi cuerpo. Con  una de sus sonrisas entre picara y malévola  me dijo que estaba preciosa y a continuación me rogó que intentara relajarme. Las manos no dejaron de moverse intentando tapar  algo imposible de tapar de mi cuerpo, ante la sonrisa de él . Lo que me hacía sentirme  ridícula. Cualquier  jovencita lo hubiese hecho con el desenfado y naturalidad al que suelen estar  acostumbradas. Mientras pensaba en eso, él se me había acercado sin que yo lo  hubiese advertido.  Me tomó de una de las manos y me llevó hasta el futón y los almohadones  de colores para hacerme tumbar sobre el.

Sus  manos fueron paseándose por mis hombros, mis pechos, mis caderas con toda naturalidad.  Buscaba  luces y sombras. Intenté ocultar mi turbación, algo que me temo no fue posible, pues su cercanía me tenía muy alterada. Mi piel temblaba bajo cualquier de sus contactos. Preferimos no mirarnos. Una vez que me había conseguido  situar mas o menos como era su deseo , se  puso en pie con una gran agilidad y se dirigió  con su caminar característico cargado de decisión hasta un mueble medio roto que se encontraba en una de las esquinas del estudio, sacando de el una botella de vino tinto y dos copas polvorientas , que tuvo la delicadeza de limpiar con uno de los trapos con rastros de pinturas multicolor , lo que me hizo reír , dejándolo asombrado por no saber que había motivado esa risa.
Tomamos varias copas de vino, conversamos de nimiedades. Se puso sus lentes  y se  apoyó sobre un taburete  para ir  tomando apuntes  y más apuntes sobre un bloc,  unos validos y otros que acababan  rotos entre maldiciones.
No estaba acostumbrada a beber alcohol y el  vino había comenzado  a recorrer mis venas, alejando de mi mente el pudor.  Mientras  él manchaba el lienzo con trazos enérgicos,  mi imaginación ya un tanto enfebrecida le despojó de aquella camisa de cuadros medio rota y  manchada, ofreciéndome un pecho desnudo con restos de la hermosura de la juventud. Su piel tostada y su  vello  me atraía, me incitaban a recorrerlo, besarlo acariciarlo... volví a reír ante dichas imágenes y el  cosquilleo tan  agradable que estaba sintiendo entre los muslos. Apure de un trago el  resto del vino que quedaba en mi copa y volví a sentir como me ruborizaba al ver que él me había estado observando de reojo. Mi agitación se fue acrecentando por momentos.  Me preguntó si deseaba descansar, cambiar de posición, cosa que le agradecí inmensamente.

Volvió a llenar mí copa desoyendo mis negativas. Por unos instantes quedamos uno enfrente al otro. Con uno de sus dedos retiro un mechón de cabello de mi rostro. Nunca me había mirado como lo estaba haciendo en ese instante. Se inclinó sobre mí, besando ligeramente uno a uno mis pezones, lo que dificultó mi  respiración. Esos primeros besos estuvieron revestidos  por una calma que no llegó a durar mucho, dándole paso a la impaciencia del deseo. Sus  manos, sus dedos manchados de óleo y  olor a trementina se perdieron entre mi abundante cabello rizado atrayéndome con fuerza. Se fue produciendo una transfiguración en su rostro, que me asusto y me excito a la vez.

Sobre aquel montón de almohadones,   separó mis piernas sin brusquedad y acercando su rostro hasta ese punto empezó  a lamerme, a sorberme y a mordisquear mi clítoris. Mis manos se aferraron a su  cabeza, apretando su rostro contra mi pelvis. Aquello estaba enloqueciéndome, arrancándome fuertes gemidos. Lo  deseaba. Me incline hacia a él  para quitarte la camisa manchada de pintura, luché con aquella hebilla del cinturón que se resistía ante mi nerviosismo. Una vez desnudo, Besaste mis ojos, mis labios, introduciendo tu lengua en esa cavidad húmeda y entrelazándose a mi lengua. Nuestros cuerpos se fueron sintiendo el uno al otro. Mis pechos parecían estar echando  fuego. Nuestras respiraciones ahora eran roncas. Te pusiste de rodillas sobre mi cintura. Apresé tu miembro entre mis manos y lo acaricié, sintiendo como la sangre borboteaba bajo aquella piel tan sensible, lo frote una y otra vez, lo lubrifique con abundante saliva, lo que hizo que se me escapase de entre las manos una y otra vez. Acerqué mis labios hasta su  prepucio que roce con ellos, mientras tu esperabas con impaciencia que me la introdujese en la boca, una vez lo hice, tu espalda se arqueo victima del placer que estabas sintiendo. Gimió de nuevo  y se mordisqueo los labios. Mi desinhibición  estaba culminando. Nunca creí poder llegar a realizar aquello.  Levanté su  miembro para jugar con tus testículos, lamiéndolos, mordisqueándolos, traviesamente, metiéndolos por entero dentro de mi boca, lo que te hizo que su cuerpo se convulsionara repetidas veces. Ahora el olor a trementina y a pintura se confundía con la del aroma a sexo que destilaban nuestros cuerpos. Sumidos en el vértigo del deseo. Se levantó  como por efecto de un resorte y dirigiéndose  hasta tu mesa de trabajo, recogió unas cosas, regresando de nuevo conmigo. Advertí que en tus manos llevabas tubos de pinturas. Mi mirada curiosa y expectante siguió cada uno de tus movimientos. Echaste un poco de cada uno de aquellos tubos sobre distintas partes de mi cuerpo, sentí como aquella cremosidad tan fría había conseguido excitarme más. Tus dedos como si fueran pinceles arrastraron tras de si aquellos colores, que irían recubriendo mi piel con dibujos delirantes. Mi vientre se convirtió en segundos en algo parecido a un lago verde esmeralda, mis pechos brotarían bajo tonalidades calidas y enervantes como bocas llameantes. La entrada de mi sexo se transformó en una enorme boca de labios incitantes. Una vez terminaste con aquella forma tan singular de provocarme, me miraste a los ojos y bajando esa mirada hasta mi coño en forma de boca, pusiste ante ella tu enorme y exultante miembro, su roja cabeza besó aquellos labios tras los que se escondía la entrada a ese lugar en el que el fuego seria aplacado por la humedad de los jugos de su sexo. Arrastrando tras la transpiración de tu piel parte de tu obra pictórica. Entraste una y otra vez en esa oquedad, embistiéndome incansablemente, arrancándome gritos confusos entre el dolor o el placer más intenso. Enajenada me provocaba a mi misma, estrujando con las manos mis pechos, con excitados pellizcos a mis pezones, arrancándoles el color carmesí que él les habías prestado. Cuando supo que ibas a correrse, aferró  con fuerza mis nalgas dominadoramente, arremetiendo ésta vez con mucha más fuerza, hasta que sus testículos se clavaron reiteradamente en mi coño, produciendo un singular sonido. Por fin te derramaste salvajemente en mis entrañas, surgiendo de tu garganta una especie de alarido triunfante. Yo con las uñas aún clavadas en tu espalda, disfrutaba del fluir de aquel líquido caliente que salía de esa oscuridad para deslizarse por mis muslos.

Exangües y jadeantes quedamos sobre aquellos revueltos almohadones, el uno en brazos del otro, sin que su miembro hubiera salido de mis adentros. Así esperamos a la normalización de nuestros cuerpos. Nunca imagine cuando me pediste que posara para ti, que me vería inmersa en algo parecido. Una vez salio de mí, pasamos un tiempo mirando el techo en silencio. Conversábamos desnudos sobre los grandes almohadones. Sus manos acariciaban mis pechos y sus dedos se entretenían en ir dibujando  círculos invisibles alrededor de las rosadas aureolas de mis pezones …

Hacía  tiempo que él había  tratado  de convencerme para que posase  para uno de sus cuadros. Creí que se trataba de una broma, pero ante su insistencia comprendí que dicha   proposición iba completamente en serio. Rehúse  hacerlo mi pudor no me lo permitía. Acabé respondiéndole  que me lo pensaría. Posar desnuda como sus otras modelos, no era algo que me apeteciese, mi cuerpo ya tendía a descolgarse por la edad. Me  dediqué  a mirarme desnuda ante el espejo de mi dormitorio una y otra vez, viéndome en ese receptáculo de cristal una vez mejor que otras. 
Pero acabe haciéndolo, me costó mucho dar ese paso, pero lo conseguí. Cuando se lo dije, apenas pude mirarle y él que me conocía  desde hacía tiempo, sabía lo mucho que me estaba costando acceder a su petición. Intentó restarle importancia al tema  y con la ayuda de varios bit bíters   y en un tono jocoso dimos el tema por zanjado por el momento.
Llegado el dia de ese posado que me tenía tan alterada.   Me indicaste sin siquiera mirarme,  que una vez me hubiera deshecho de la ropa tras el biombo, me fuese a tumbar sobre los almohadones y el futón chino. Como un autómata, hice todo lo que me había dicho. Tarde  en desnudarme. Me costó terriblemente  salir de detrás de aquel parapeto de madera mostrando mi desnudez ajada. Es cierto que en ningún momento él me recrimino mi tardanza. Sentí  que me echaba fuego la cara. Me imaginé  el sonrojo de mi  rostro en comparación a la tonalidad nívea del resto de mi cuerpo. Con  una de sus sonrisas entre picara y malévola  me dijo que estaba preciosa y a continuación me rogó que intentara relajarme. Las manos no dejaron de moverse intentando tapar  algo imposible de tapar de mi cuerpo, ante la sonrisa de él . Lo que me hacía sentirme  ridícula. Cualquier  jovencita lo hubiese hecho con el desenfado y naturalidad al que suelen estar  acostumbradas. Mientras pensaba en eso, él se me había acercado sin que yo lo  hubiese advertido.  Me tomó de una de las manos y me llevó hasta el futón y los almohadones  de colores para hacerme tumbar sobre el.

Sus  manos fueron paseándose por mis hombros, mis pechos, mis caderas con toda naturalidad.  Buscaba  luces y sombras. Intenté ocultar mi turbación, algo que me temo no fue posible, pues su cercanía me tenía muy alterada. Mi piel temblaba bajo cualquier de sus contactos. Preferimos no mirarnos. Una vez que me había conseguido  situar mas o menos como era su deseo , se  puso en pie con una gran agilidad y se dirigió  con su caminar característico cargado de decisión hasta un mueble medio roto que se encontraba en una de las esquinas del estudio, sacando de el una botella de vino tinto y dos copas polvorientas , que tuvo la delicadeza de limpiar con uno de los trapos con rastros de pinturas multicolor , lo que me hizo reír , dejándolo asombrado por no saber que había motivado esa risa.
Tomamos varias copas de vino, conversamos de nimiedades. Se puso sus lentes  y se  apoyó sobre un taburete  para ir  tomando apuntes  y más apuntes sobre un bloc,  unos validos y otros que acababan  rotos entre maldiciones.
No estaba acostumbrada a beber alcohol y el  vino había comenzado  a recorrer mis venas, alejando de mi mente el pudor.  Mientras  él manchaba el lienzo con trazos enérgicos,  mi imaginación ya un tanto enfebrecida le despojó de aquella camisa de cuadros medio rota y  manchada, ofreciéndome un pecho desnudo con restos de la hermosura de la juventud. Su piel tostada y su  vello  me atraía, me incitaban a recorrerlo, besarlo acariciarlo... volví a reír ante dichas imágenes y el  cosquilleo tan  agradable que estaba sintiendo entre los muslos. Apure de un trago el  resto del vino que quedaba en mi copa y volví a sentir como me ruborizaba al ver que él me había estado observando de reojo. Mi agitación se fue acrecentando por momentos.  Me preguntó si deseaba descansar, cambiar de posición, cosa que le agradecí inmensamente.

Volvió a llenar mí copa desoyendo mis negativas. Por unos instantes quedamos uno enfrente al otro. Con uno de sus dedos retiro un mechón de cabello de mi rostro. Nunca me había mirado como lo estaba haciendo en ese instante. Se inclinó sobre mí, besando ligeramente uno a uno mis pezones, lo que dificultó mi  respiración. Esos primeros besos estuvieron revestidos  por una calma que no llegó a durar mucho, dándole paso a la impaciencia del deseo. Sus  manos, sus dedos manchados de óleo y  olor a trementina se perdieron entre mi abundante cabello rizado atrayéndome con fuerza. Se fue produciendo una transfiguración en su rostro, que me asusto y me excito a la vez.

Sobre aquel montón de almohadones,   separó mis piernas sin brusquedad y acercando su rostro hasta ese punto empezó  a lamerme, a sorberme y a mordisquear mi clítoris. Mis manos se aferraron a su  cabeza, apretando su rostro contra mi pelvis. Aquello estaba enloqueciéndome, arrancándome fuertes gemidos. Lo  deseaba. Me incline hacia a él  para quitarte la camisa manchada de pintura, luché con aquella hebilla del cinturón que se resistía ante mi nerviosismo. Una vez desnudo, Besaste mis ojos, mis labios, introduciendo tu lengua en esa cavidad húmeda y entrelazándose a mi lengua. Nuestros cuerpos se fueron sintiendo el uno al otro. Mis pechos parecían estar echando  fuego. Nuestras respiraciones ahora eran roncas. Te pusiste de rodillas sobre mi cintura. Apresé tu miembro entre mis manos y lo acaricié, sintiendo como la sangre borboteaba bajo aquella piel tan sensible, lo frote una y otra vez, lo lubrifique con abundante saliva, lo que hizo que se me escapase de entre las manos una y otra vez. Acerqué mis labios hasta su  prepucio que roce con ellos, mientras tu esperabas con impaciencia que me la introdujese en la boca, una vez lo hice, tu espalda se arqueo victima del placer que estabas sintiendo. Gimió de nuevo  y se mordisqueo los labios. Mi desinhibición  estaba culminando. Nunca creí poder llegar a realizar aquello.  Levanté su  miembro para jugar con tus testículos, lamiéndolos, mordisqueándolos, traviesamente, metiéndolos por entero dentro de mi boca, lo que te hizo que su cuerpo se convulsionara repetidas veces. Ahora el olor a trementina y a pintura se confundía con la del aroma a sexo que destilaban nuestros cuerpos. Sumidos en el vértigo del deseo. Se levantó  como por efecto de un resorte y dirigiéndose  hasta tu mesa de trabajo, recogió unas cosas, regresando de nuevo conmigo. Advertí que en tus manos llevabas tubos de pinturas. Mi mirada curiosa y expectante siguió cada uno de tus movimientos. Echaste un poco de cada uno de aquellos tubos sobre distintas partes de mi cuerpo, sentí como aquella cremosidad tan fría había conseguido excitarme más. Tus dedos como si fueran pinceles arrastraron tras de si aquellos colores, que irían recubriendo mi piel con dibujos delirantes. Mi vientre se convirtió en segundos en algo parecido a un lago verde esmeralda, mis pechos brotarían bajo tonalidades calidas y enervantes como bocas llameantes. La entrada de mi sexo se transformó en una enorme boca de labios incitantes. Una vez terminaste con aquella forma tan singular de provocarme, me miraste a los ojos y bajando esa mirada hasta mi coño en forma de boca, pusiste ante ella tu enorme y exultante miembro, su roja cabeza besó aquellos labios tras los que se escondía la entrada a ese lugar en el que el fuego seria aplacado por la humedad de los jugos de su sexo. Arrastrando tras la transpiración de tu piel parte de tu obra pictórica. Entraste una y otra vez en esa oquedad, embistiéndome incansablemente, arrancándome gritos confusos entre el dolor o el placer más intenso. Enajenada me provocaba a mi misma, estrujando con las manos mis pechos, con excitados pellizcos a mis pezones, arrancándoles el color carmesí que él les habías prestado. Cuando supo que iba a correrse, aferró  con fuerza mis nalgas dominadoramente, arremetiendo ésta vez con mucha más fuerza, hasta que sus testículos se clavaron reiteradamente en mi coño, produciendo un singular sonido. Por fin te derramaste salvajemente en mis entrañas, surgiendo de tu garganta una especie de alarido triunfante. Yo con las uñas aún clavadas en su espalda, disfrutaba del fluir de ese líquido caliente que salía de esa oscuridad para deslizarse por mis muslos.

Exangües y jadeantes quedamos sobre aquellos revueltos almohadones, el uno en brazos del otro, sin que su miembro hubiera salido de mis adentros. Así esperamos a la normalización de nuestros cuerpos. Nunca imagine cuando me pediste que posara para ti, que me vería inmersa en algo parecido. Una vez salio de mí, pasamos un tiempo mirando el techo en silencio, hasta que los dos rompimos ese silencio con nuestras risas. Volvimos a ser quiénes éramos. Con el tiempo  los orgasmos se me olvidaron, sus caricias y besos aun los recuerdo.


Entradas populares de este blog

Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: -Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar. Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía al sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

Autor: Eduardo Galeano

QUE BONITA TE VES DESDE QUE TE RESCATASTE

Que bonita te ves así volviendo a ser tan tú, tan tranquila , tan loca, tan completa,    tan viva. Caminas con seguridad, sonriendo todo el tiempo, no te viste como otras, la moda no influye en tus gustos, usas lo que te identifique como única y así vas enamorando al mundo. Que bonita te ves desde que te rescataste, tu mirada cambió y la paz te invade a cada instante. Que hermosa te ves amando a tu manera, sin etiquetas, sin miedos, simplemente amando como tú quieras. Ya casi te pareces a la mejor versión de tí, a esa que se comerá al mundo en su afán de seguir siendo feliz. Que bonitos tus ojos y tus sonrisas, que bonitas tus cicatrices que bonitas. Te reconstruiste de una manera hermosa, tus pedazos al ser unidos te convirtieron en la más bella de las rosas. Que bonita te ves retomando las riendas de tu vida, no cualquiera resurge como tú de entre las cenizas. Que grande te ves pisoteando todas tus tristezas y complejos, que imponente te has vuelto desde que mandaste al carajo a la…

Trazos envolventes

e encontraba disfrutando de mí día libre. Las pinturas expuestas en el escaparate de una tienda de arte había llamado mí atención. Tras uno segundos o tal vez minutos de contemplación de esos lienzos, advertí que el reflejo de un hombre en el cristal de ese escaparate, me estaba observando. Se trataba de un hombre de mediana edad, cabello y barbas canosa casi blancas y gafas con montura metalizada. Era de esas personas que resultan agradables a la vista. Me pareció raro que un hombre así me estuviera mirando. No parecía de ese tipo de hombres que se dedican a mirar a las chicas. Seguí disfrutando de las pinturas, cuando tras de mí escuché un carraspeo nervioso. Giré mí rostro encontrándome con una sonrisa en el rostro de él. Tras disculparse por su atrevimiento, intento explicarme el motivo de que hubiera estado observándome. Era pintor y necesitaba ayuda para llevar a cabo un experimento. No podía salir de mí estupor. No me veía posando y se lo dije, pero el me tranqui…

El 0 y el 1

Uno no quería contar con nadie, y Uno no entendía por qué era impar si antes de él había alguien.

 Uno no quería contar con nadie, y Uno sentía que después de él estaba el infinito.

 Y a Uno lo sempiterno le daba miedo, así que Uno, muerto de pavor, se fijó en Cero.

 Y cuando Uno vio a Cero, pensó que cero era el número más bonito que había visto y que, aun viniendo antes que él, era entero.

 Uno pensó que en Cero había encontrado el amor verdadero, que en Cero había encontrado a su par, así que decidió ser sincero con Cero y decirle que aunque era un cero a la izquierda, sería el cero que le daría valor y sentido a su vida.

 Eso de ser el primero ya no le iba, así que debió hacer una gran bienvenida.

 Juntos eran pura alegría y se completaban. Uno tenía cero tolerancia al alcohol, pero con Cero se podía tomar una cerveza cero por su aniversario, aunque para eso tuviesen que inventarse una fecha cero en el calendario.

 Cero era algo cerrado y le costaba representar textos pero, junt…

Derecho a la tristeza

Cuando la alegría es un deber, tenemos que exigir el derecho a la tristeza. La síntesis es la vida. Por eso si falta alguna de las dos, todo es antinatural. Por más que el mundo cambie, tendrá que haber bienestar y dolor. Físico o del otro. Por mucho que nos limpiemos las ideas y los hechos, habrá de las dos cosas. Es un estado intermitente e interno pero universal. Arreglar la política para equilibrar y equiparar las oportunidades es otra cosa. Luego está el ser humano. Quiero que quede claro que esto no es derroteo. Que no es defensa de una pena eterna y permanente. Que me parece perfecto eso de la defensa de la alegría como trinchera. Pero esto no se nos puede ir de las manos hasta la falsedad y la negación de la verdad. Hago esta defensa de la tristeza desde la práctica de la misma alternada con euforia. O sea, desde el devenir común de una vida cualquiera. La mía. Y esta defensa resulta del enfrentamiento a estos estadios en los últimos tiempos por cuenta propia y ajena. Tambi…

Quiero escribir un cuento ...,

uiero contar un cuento, aunque no tengo nada claro cómo empezarlo. Por lo que he podido ver, hasta en este tipo de cosas todo a cambiado. los inicios , los finales y hasta en las formas . Desearía montar al lomo de un precioso cuento y correr sintiendo en el rostro la caricia de una brisa o el azote del viento, diciéndome , estas viva , estas viva...., atravesar este y aquel lugar , subir colinas inciertas , dejarme arrastrar por una realidad nada real. Si consiguiera escribir un cuento y enredarme entre sus hilos , tal vez podría sentir la emoción de haber hecho algo que merecía la pena. Puede ser que ese cuento no llegara o llegase a seducir a ningún lector , subiéndose sobre el lomo de ese precioso caballo blanco al que le faltaba un ala , solo una para poder alzar el vuelo y llevarle tan lejos como pudiera ser el deseo de su jinete. O quizás era al lomo de un pequeño unicornio al que tras haber resbalado de entre las manos de una niña , que lo estaba acariciando con su mirada cr…

_Rozandonos_

igo tu respiración, cada vez más cerca. Primero acariciando en mi oreja, deslizándose por uno de mis  brazos, volviendo de nuevo hacia mi nuca. Me enervo, sintiendo un sudor frio.  Te miro, bajando de nuevo la mirada. Las yemas de tus dedos rozan la piel de mi rostro. Mis labios tiemblan en esa proximidad aun silenciosa. Desabrocho uno a uno los botones de tu camisa, despacio, porque desnudarte rápidamente es negarnos un tiempo precioso, ese que nos presta esa espera, ese ansia que logrará desbordándonos.

Tu pecho aparece ante mí sin pudor alguno. Mis dedos rozan suavemente esa piel dura y revestida de vello. El sentido del tacto llega a resultar sublime.

Giro la cabeza, en busca de una boca que besar.
Besas mis labios, mi cuello... mi pecho.

Mis manos se entrecruzan con las tuyas. Tus dedos se posan sobre mis labios, que no dejan de temblar. Me precipito literalmente a tus brazos. .. Me estremezco impaciente. El ritmo acelerado de tu corazón ahora se adhiere a mí pecho. Aprietas tu boc…