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Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: -Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar. Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía al sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

Autor: Eduardo Galeano
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El 0 y el 1

Uno no quería contar con nadie, y Uno no entendía por qué era impar si antes de él había alguien.

 Uno no quería contar con nadie, y Uno sentía que después de él estaba el infinito.

 Y a Uno lo sempiterno le daba miedo, así que Uno, muerto de pavor, se fijó en Cero.

 Y cuando Uno vio a Cero, pensó que cero era el número más bonito que había visto y que, aun viniendo antes que él, era entero.

 Uno pensó que en Cero había encontrado el amor verdadero, que en Cero había encontrado a su par, así que decidió ser sincero con Cero y decirle que aunque era un cero a la izquierda, sería el cero que le daría valor y sentido a su vida.

 Eso de ser el primero ya no le iba, así que debió hacer una gran bienvenida.

 Juntos eran pura alegría y se completaban. Uno tenía cero tolerancia al alcohol, pero con Cero se podía tomar una cerveza cero por su aniversario, aunque para eso tuviesen que inventarse una fecha cero en el calendario.

 Cero era algo cerrado y le costaba representar textos pero, junt…

Breviario de podredumbre

El verdadero saber se reduce a las vigilias en las tinieblas: sólo el conjunto de nuestros insomnios nos distingue de los animales y de nuestros semejantes. ¿Qué idea rica o extraña fue nunca fruto de un durmiente? ¿Es bueno vuestro sueño? ¿Son apacibles vuestros sueños?: engrosáis la turba anónima. El día es hostil a los pensamientos, el sol los obscurece; sólo florecen en plena noche… Conclusión del saber nocturno: quien llega a una conclusión tranquilizadora sobre lo que sea, da pruebas de imbecilidad o de falsa caridad. ¿Quién halló jamás una sola verdad alegre que fuera válida? ¿Quién salvó el honor del intelecto con propósitos diurnos? Afortunado quien puede decir: «Tengo el saber triste». 
 Emil Cioran

Derecho a la tristeza

Cuando la alegría es un deber, tenemos que exigir el derecho a la tristeza. La síntesis es la vida. Por eso si falta alguna de las dos, todo es antinatural. Por más que el mundo cambie, tendrá que haber bienestar y dolor. Físico o del otro. Por mucho que nos limpiemos las ideas y los hechos, habrá de las dos cosas. Es un estado intermitente e interno pero universal. Arreglar la política para equilibrar y equiparar las oportunidades es otra cosa. Luego está el ser humano. Quiero que quede claro que esto no es derroteo. Que no es defensa de una pena eterna y permanente. Que me parece perfecto eso de la defensa de la alegría como trinchera. Pero esto no se nos puede ir de las manos hasta la falsedad y la negación de la verdad. Hago esta defensa de la tristeza desde la práctica de la misma alternada con euforia. O sea, desde el devenir común de una vida cualquiera. La mía. Y esta defensa resulta del enfrentamiento a estos estadios en los últimos tiempos por cuenta propia y ajena. Tambi…

La soledad

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.
Marguerite Duras

Gente en la playa

La mujer ha aparcado. Baja y, con lentitud, saca del coche una silla de ruedas. Después, coge al muchacho, lo sienta y le coloca bien los pies. Se aparta algún cabello de la cara y, sintiendo ondear su falda al viento, va empujando la silla en dirección al mar. Entra en la playa por el paso de tablas de madera que, de pronto, a unos metros del agua, se interrumpe. Muy cerca, el socorrista mira al mar. La mujer alza al chico: lo coge por debajo de los brazos y camina de espaldas hacia el agua, mientras los pies inertes dejan dos surcos en la arena. Ha llegado muy cerca de las olas y lo deja en el suelo para volver atrás a por el parasol y la silla de ruedas.
Estos últimos metros. Los malditos, crueles metros últimos. Estos te romperán el corazón. No hay amor en la arena, ni en el sol, ni tampoco en las tablas, ni en los ojos del socorrista, ni en el mar. El amor son estos últimos metros. Su soledad. Joan Margarit
Gente en la playa




EL SENTIDO DE LA ESCRITURA

Escribir siempre es partir hacia algo. No sabemos adónde vamos, pero intuimos que nuestro esfuerzo producirá frutos. La escritura no precisa justificaciones. No es necesario poseer dotes literarias para iniciar una aventura que sólo exige situarse delante de una página en blanco y esperar. No hay que desesperarse porque al principio no surja nada. Esperar y no impacientarse siempre es el preámbulo del acto de escribir, algo tan íntimo y misterioso como una plegaria o una experiencia estética. En una sociedad que vive el tiempo como una sucesión vertiginosa de obligaciones, intentando no desperdiciar ni un minuto, no es sencillo olvidar el ruido y la furia del exterior. Nuestra rutina no contempla algo tan sencillo como mirar hacia dentro y oír nuestra voz. Sólo escuchando nuestra voz podremos abrirnos a nuestros semejantes, estableciendo un diálogo verdaderamente humano, sin intereses espurios. Cada ser humano es una voz más o menos acallada, que anhela ser escuchada. Paradójicamente…