Ir al contenido principal

Bronte : Beguinas



Las beguinas encarnan una de las experiencias de vida femenina más libre de la historia. Laicas y religiosas a la vez, vivieron con una total independencia del control masculino –familiar y, o eclesiástico- y la libertad de que gozaban es inseparable de la red de relaciones que establecen: de forma primaria entre ellas, con Dios “sine medio”, y con el resto de mujeres y hombres de las ciudades donde vivían. El de las beguinas es un movimiento que nace a finales del siglo XII en un ámbito geográfico concreto, Flandes –Brabante– Renania, que se extiende con rapidez hacia el norte y el sur de Europa, y en cuyo seno encontramos mujeres de todo el espectro social cuyo deseo es el de llevar una vida de espiritualidad intensa, pero no de forma claustral, como estaba sancionado socialmente, sino plenamente incardinadas en las ciudades entonces emergentes. Los beguinatos son espacios específicamente femeninos, creados y definidos por las mismas mujeres,un conjunto de casas o una auténtica ciudad dentro de la ciudad, como los grandes beguinatos flamencos, declarados Patrimonio de la Humanidad el año 1998. Todos ellos, sin embargo, representan una misma realidad: un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es una espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal, en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez. Un espacio de transgresióna los límites, tácitos o escritos, impuestos a las mujeres, no mediatizado por ningún tipo de dependencia ni subordinación, en el que actúan como agentes generadores de unas formas nuevas y propias de relación y de una autoridad femenina. Un espacio que deviene simbólico al erigirse como punto de referencia, como modelo, en definitiva, para otras mujeres. Las mujeres que formaban la comunidad vivían dando gran importancia a la palabra, la comunicación y la transmisión de conocimientos entre ellas, así como en el de relación directa y no mediada con la divinidad Fue precisamente la acción libre de estas mujeres, muchas de las cuales interpretaban y predicaban las Sagradas Escrituras a su libre albedrío en lengua materna, lo que, desde un principio, despertó los recelos de los jerarcas eclesiásticos. Muchas sufrieron sospechas y persecuciones de la Inquisición y algunas fueron incluso quemadas en la plaza pública : este fue el caso de la beguina francesa Margarita Porete. Las beguinas encarnan una de las experiencias de vida femenina más libre de la historia. Laicas y religiosas a la vez, vivieron con una total independencia del control masculino –familiar i/o eclesiástico- y la libertad de que gozaban es inseparable de la red de relaciones que establecen: de forma primaria entre ellas, con Dios “sine medio”, y con el resto de mujeres y hombres de las ciudades donde vivían. La catedrática de Historia Medieval Milagros Rivera Garretas escribe: "Es una forma de vida inventada por mujeres para mujeres" "Quisieron ser espirituales pero no religiosas. Quisieron vivir entre mujeres pero no ser monjas. Quisieron rezar y trabajar, pero no en un monasterio. Quisieron ser fieles a sí mismas pero sin votos. Quisieron ser cristianas pero ni en la Iglesia constituida ni, tampoco, en la herejía. Quisieron experimentar en su corporeidad pero sin ser canonizadas ni demonizadas" "Para hacer viable en su mundo este deseo personal, inventaron la forma de vida beguina, una forma de vida exquisitamente política, que supo situarse más allá de la ley, no en contra de ella. Nunca pidieron al papado que confirmara su manera de vivir y de convivir ni se rebelaron, tampoco, contra la Iglesia". 

Comentarios

Entradas populares de este blog

QUE BONITA TE VES DESDE QUE TE RESCATASTE

Que bonita te ves así volviendo a ser tan tú, tan tranquila , tan loca, tan completa,    tan viva. Caminas con seguridad, sonriendo todo el tiempo, no te viste como otras, la moda no influye en tus gustos, usas lo que te identifique como única y así vas enamorando al mundo. Que bonita te ves desde que te rescataste, tu mirada cambió y la paz te invade a cada instante. Que hermosa te ves amando a tu manera, sin etiquetas, sin miedos, simplemente amando como tú quieras. Ya casi te pareces a la mejor versión de tí, a esa que se comerá al mundo en su afán de seguir siendo feliz. Que bonitos tus ojos y tus sonrisas, que bonitas tus cicatrices que bonitas. Te reconstruiste de una manera hermosa, tus pedazos al ser unidos te convirtieron en la más bella de las rosas. Que bonita te ves retomando las riendas de tu vida, no cualquiera resurge como tú de entre las cenizas. Que grande te ves pisoteando todas tus tristezas y complejos, que imponente te has vuelto desde que mandaste al carajo a la…

“Me declaro vivo”

Saboreo cada acto.
Antes cuidaba que los demás no hablaran mal de mí, entonces me portaba como los demás querían y mi conciencia me censuraba.
Menos mal que a pesar de mi esforzada buena educación siempre había alguien difamándome. ¡Cuánto agradezco a esa gente que me enseñó que la vida no es un escenario! Desde entonces me atreví a ser como soy.
He viajado por todo el mundo, tengo amigos de todas las religiones; conozco gente extraña: católicos, religiosos pecando y asistiendo a misa puntualmente, pregonando lo que no son, personas que devoran al prójimo con su lengua e intolerancia, médicos que están peor que sus pacientes, gente millonaria pero infeliz, seres que se pasan el día quejándose, que se reúnen con familia o amigos los domingos para quejarse por turnos, gente que ha hecho de la estupidez su manera de vivir.
El árbol anciano me enseñó que todos somos lo mismo.
La montaña es mi punto de referencia: ser invulnerable, que cada uno diga lo que quiera, yo sigo caminando impara…

Perséfone

Uno mira, uno huele el olor distinto, del ser que se devela.
 Uno aprende su nombre, y lo musita en tardes que no tienen otro sentido que el segundo en que se queman.
 Uno se demora en lo adquirido, y lo contempla, y lo penetra, y lo convive bajo el fuego en que crepita, cede o gime a nuestra piel, o a calidades más remotas, más inescrutables.
 Después nos convertimos en los habituales. Nuestro sol es el antro, nuestra calle de encuentro, nuestra duda, nuestra pérdida extraña.
 Debemos estar muy solos para eso, muy pálidos bajo la luz del día y bajo la mirada de las vírgenes. Sin embargo, debemos atrevernos, elegir nuestro próximo minuto, balbucirles a ellas actos telúricos y palabras telúricas, signos de galaxias menos complicadas, pero más mortales, exactitudes a su gusto que sólo bastarán para perdernos, y horas y horas que se adentrarán en nosotros y nos harán volver a un confuso principio, a una lenta construcción para lo nunca, para el después y el quemarnos.
 Al fondo del gran…