15 de septiembre de 2011

Vino y Rosas



iempre me gustó verlo dormir. Lo hice durante mucho tiempo a través de la abertura de la puerta de su dormitorio. Dormía y duerme desnudo. Desde mí escondite podía disfrutar de su cuerpo. Acariciaba con mis manos de adolescente virgen su espalda velluda con sumo cuidado, como si temiera despertarlo. Me deslizaría suavemente hasta sus nalgas. Yendo y viniendo por cada una de las partes expuestas a mí mirada curiosa y excitada. Es un ritual que el desconoce, que inicié no hace mucho y que he ido perfeccionando con el tiempo. Con ese hombre llegué a sentir cómo mí cuerpo de niña se alejaba, dejando en su lugar el de una adolescente que no lo veía como su padrastro, si no cómo hombre. Su cuerpo tenía la fuerza de perturbarme hasta humedecerme. Y no su cuerpo sino la brisa sudorosa que emanaba de sus poros. Mis manos necesitaban perderse bajo mí camisón y acariciar ese púbis casi infantil y adentrarse en ese sexo que parecía contener en sus profundidades un fuego encendido. Mientras él ignorante de lo que ocurría tras esa puerta dormía placidamente. Imaginé que mis manos acariciaban su hermoso pene. Que con mi mano derecha acariciaba sus testículos. Lo había visto en una revista que me había dejado una de mis amigas. Me excitaba pensar que mí dedo recorría el pliegue que en una línea perfecta nacía en su culo y se perdía entre las arrugas que cubrían el glande. Mientras él se mordía los labios para no gritar. Con firmeza y muy despacio descorrería el velo, dejando al descubierto la rosada y tibia cabeza de su pene a la que yo lamería una y otra vez. Llegué a verlo retorcerse y escucharlo gemir y eso me hacía volver a sentir entre mis muslos una intensa humedad. Pero una noche su sueño no debió ser tan denso y me pillo en el suelo, sudorosa y jadeante con el camisón levantado y las piernas abiertas. No dijo nada, tan solo me pidió que por favor me fuera a la cama. Me sentí avergonzada. Mí rostro echaba fuego. A partir de aquella noche todo a nuestro alrededor parecía haber cambiado, al igual que nuestro comportamiento. Desde que me encontró de aquella forma, dejé de ser su hijastra, esa con la que había estado conviviendo diez años y que a la muerte de su mujer había quedado a su cargo. La atracción que sentía desde hacía años por ese hombre me había llevado a una situación embarazosa, tanto para él como para mí. Se había convertido en una obsesión, que no me permitía realizar la vida que cualquier otra joven de mí edad. Apenas salía de casa fuera del horario de mis clases en el instituto. No aceptaba salir con chicos, es más los evitaba. En mí vida solo dejé que participaran chicas, compañeras de clase, por lo que se me llego a creer que era lesbiana. El silencio entre mí padrastro y yo era una realidad, que a veces conseguía a resultar asfixiante. Pero pude advertir en él algo que me infundía una ráfaga de esperanza. Sus miradas, esas que a veces no lograba esconder a tiempo, escondían ahora una especie de destello desconocido hasta entonces por mí. Fui consciente de lo que hice y de la trampa que tendí a sus pies, pero era el único modo de averiguar algo que necesitaba… Invite a dormir conmigo a una chica de mí clase, sabía que yo le gustaba y creí que podría ayudarme en lo que deseaba averiguar. Iba a pedirle que me dejara compartir su cuerpo. Ella era una chica desconcertante. Su serenidad lograba a veces inquietarme desafiándome. Cuándo llegó a casa se la presente a él y los tres pasamos una agradable velada durante el tiempo que duró la cena. Él nos estuvo observando todo el tiempo. En otro momento me hubiera molestado que lo hiciera, pero no esa noche tan especial. Mí comportamiento con esa chica fue, me atrevo a decir deshabituad. Yo normalmente no era así de afectuosa. Una vez terminada la cena le dije a mí padrastro que nos íbamos a mí dormitorio. Él con una sonrisa extraña, nos dio las buenas noches y se fue a ver la televisión. Una vez las dos a solas en mí dormitorio la mire a los ojos, buscando en ellos ayuda. Hablamos de trivialidades para relajar el ambiente. Nos desnudamos para ponernos el camisón. Sentí cómo sus ojos recorrían mí cuerpo. Me puse algo nerviosa. Se fue apretando el nudo en mí estomago. Me encontraba algo tensa. Ella se acercó a mí, sin decir nada y me tendió sus brazos como refugio. Acepte ese abrazo. Sentí nacer la necesidad de su boca. Me besó largamente. La detuve con el índice sobre sus labios. Me sentía extraña, inquieta por lo que estaba haciendo. Enredé mis dedos en sus cabellos. Ella buscó una de mis manos y la llevó hasta uno de sus pechos. Así iniciaría aquel juego… El aire se fue enturbiando. Ella se recostó sobre la cama ofreciéndose a mí. Un voluptuoso aroma, comenzó a danzar entre nosotras. Solo esperaba que él como otras noches estuviera tras la puerta, mirando tras la cerradura, como solía hacer yo de niña. El cuerpo de esa chica era hermoso y tentador, del que emanaba a raudales sensualidad. Levantó con descaro sus caderas provocándome. Con sus dedos pinzo repetidas veces sus pezones, mientras se mordía los labios. Me incline sobre ella. Mí boca fue en busca de esos pequeños pechos que me recibieron en un excitante estallido. La rigidez y dureza de sus pezones parecían estar esperándome. Eran provocadoramente hermosos revestidos de ese color purpúreo. Me incitaban, deseaban ser acariciados, besados, lamidos y mordisqueados por mí. Me senté sobre su pecho con todo el peso en mis rodillas. Me tomó de la cintura llevándome hacia su boca. Me sujeté con fuerza a los bordes de la cama y descansé mi vulva en sus labios. Me lamió como un gato llevándose con su lengua todo el exceso de humedad. Tomó mis pezones entre los dedos, apretándolos. Sentí su lengua forzándome los labios, para entrelazarse con la mía. Su saliva que por debajo se transformaba en más jugos para saciar su deseo. Se apartó de mi boca y escuché tras de nosotras un gemido que me supo a gloria, el de él. Lo imagine excitado, masturbándose enfebrecido por lo que le estábamos ofreciendo. Su miembro palpitante entre sus manos. Sus huevos apretados, la vena hinchada y violácea a punto de estallar. Esa imagen me excito enormemente. Abrí sus muslos, que brillaban por el almíbar que me tenté a probar. Mis labios recorrieron arrastrando tras ellos esa humedad. Acaricié con mis dedos sus labios, abriéndolos para que surgiera su clítoris. Erecto, expectante, se escurría de mi dedo al tocarlo y se endurecía hacia arriba cuando presionaba suavemente su contorno. Recosté mi boca para chuparselo habidamente. Escuché como sus gemidos se dispersaban a nuestro alrededor. Cambiamos de posición. Ella se montó sobre mí, con su sexo sobre el mío. Embadurne mis dedos con saliva y los introduje sin prisa en el orificio frotándolo con urgencia...Gemía y se desarticulaba en espasmos. Abrazó mi pierna con sus piernas, humedeciendo mi muslo con su danza, prendida a su euforia. Sentí su dedo ensalivado clavándose por detrás. Asié con fuerza sus pechos, mientras las convulsiones hacían zozobrar mí cuerpo. Tras ese intenso orgasmo, nos besamos y acariciamos un poco más hasta que ella se quedo dormida. Escuché atentamente, esperando averiguar si él seguía tras la puerta, pero solo pude oír un inmenso silencio. Me levante con cuidado para no despertarla y de puntillas salí del dormitorio. Me dirigí hacía donde imaginé que lo encontraría. Entreabrí la puerta y escuché el sonido áspero de su respiración, me enterneció. Seguía cabizbajo sentado sobre su cama. Deseé abrazarlo, besarlo. Busqué el valor necesario para acercarme a él. Si esa noche no daba ese paso, jamás lo daría. Yo había dejado de ser una jovencita ingenua que se había encaprichado de aquel hombre. Sentía el frío del miedo, ese que siempre recorría mí cuerpo cuándo me encontraba asustada. Abrí despacio la puerta, intentando no asustarlo. Levantó sorprendido su rostro ante mí presencia. Fue al ver su mirada, cuándo recordé mí desnudez. Amaba tanto a ese hombre que me enfrente a su rechazo. Me acerqué a él con pasos suaves y lentos, sin dejar de mirarlo. Me puse de rodillas frente a ese hombre que no hizo nada por alejarme de su lado y recosté mí rostro sobre sus piernas. El pecho me dolía de la fuerza en la que golpeaba dentro mí corazón. La densa oscuridad que nos había rodeado desde hacía tiempo, comenzó a desvanecerse dándole paso a la claridad que trae consigo la esperanza. Todo seguía en silencio. Sus brazos caían a lo largo de su cuerpo desmadejados. Sus manos se avivaron para acariciar mí cabello, sus dedos se adentraron entre mis rizos. Sentí como esparcía entre ellos besos… me di cuenta de que él estaba llorando. Me sentí fatal por lo que le creí estar haciéndole. Levante mí rostro, encontrándome con ese llanto silencioso. Me puse en pie y con mis labios fui secando el rastro dejado por sus lágrimas lamiéndolas. Sentía que me ahogaba. No deseaba verlo de aquella manera. Besé sus parpados, besé sus labios, temblaban, no sabía si seguir con lo que estaba haciendo o salir de su dormitorio y de su vida… Lo sentía abandonarse ante algo contra lo que ya no podía luchar más. Deseé ofrecerle consuelo en mí cuerpo. Acaricie su espalda velluda. Mis manos fueron de un lado a otro inquietas. Me conmovía verlo de aquella manera, pero es tan inmenso mí deseo por ser suya y que él fuera mío, que desoí cualquier intento por parte de mí conciencia por qué finalizara ese momento. Me repetí a mí misma una y otra vez, que él también me deseaba, aunque no se atreviera a dar ese paso … Su ropa se interponía entre ese contacto tan ansiado por mi. Mis manos fueron quitándosela cuidadosamente, siguiendo los dos inmersos en aquel silencio. Su piel reaccionaba a los roces de mis manos o mis dedos agitándose. Le hice sentarse sobre la cama, poniéndome de nuevo de rodillas ante él. Llego hasta mí el aroma particular e intenso de su sexo atiborrándose de sangre. Mis manos acogieron entre ellas ese miembro que iniciaba a sentir la efervescencia de la excitación. Acaricie sus testículos. Le escuché gemir al lamérselos. Me excitaba escucharlo. Recorrí con mis dedos su glande, siguiendo hasta el final que se perdía entre sus muslos. Cuando llegué a tocar su ano, se recostó mordiéndose los labios. Sabía, aún antes de tocar su miembro, que estaba listo y ansioso de mi boca. Con firmeza y muy despacio desvestiría de la membrana rosada y tibia y la abrace con mis labios. Se estremeció con el roce tibio de mi lengua y las paredes internas de mi boca, llegando hasta las puertas de mí garganta. Chuparlo fue un placer en si mismo. Sus palabras eran un barullo de fondo, que no logre descifrar. El calor se había aposentado en nuestras pieles. Con mí lengua recogí las perlas de sudor retenidas en la punta de los pelos de su pecho. Fue entonces cuándo él buscó mí boca y la cubrió con la suya. Sentí que una inmensa alegría se desbordaba dentro de mí. Esa vez había sido él quién había buscado sus labios. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sus brazos rodearon mí cuerpo. Por primera vez me sentí en paz.

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