19 de septiembre de 2011

Trazos envolventes


e encontraba disfrutando de mí día libre. Las pinturas expuestas en el escaparate de una tienda de arte había llamado mí atención. Tras uno segundos o tal vez minutos de contemplación de esos lienzos, advertí que el reflejo de un hombre en el cristal de ese escaparate, me estaba observando. Se trataba de un hombre de mediana edad, cabello y barbas canosa casi blancas y gafas con montura metalizada. Era de esas personas que resultan agradables a la vista. Me pareció raro que un hombre así me estuviera mirando. No parecía de ese tipo de hombres que se dedican a mirar a las chicas. Seguí disfrutando de las pinturas, cuando tras de mí escuché un carraspeo nervioso. Giré mí rostro encontrándome con una sonrisa en el rostro de él. Tras disculparse por su atrevimiento, intento explicarme el motivo de que hubiera estado observándome. Era pintor y necesitaba ayuda para llevar a cabo un experimento. No podía salir de mí estupor. No me veía posando y se lo dije, pero el me tranquilizo, haciéndome saber que no tendría que posar. Me dijo que había comprobado que me gusta la pintura, por la forma en la que había estado mirando esas pinturas y el tiempo que había dedicado a ello. No sé que debió pasarme, tan solo sé que me escuché a mí misma accediendo a su petición. Los dos intercambiamos sendas sonrisas y nos fuimos a su casa dando un agradable paseo, hablando de intrascendencias.
Vivía en una bonita casa, decorada con mucho gusto. Me pidió que me pusiera cómoda y me ofreció tomar algo. Un café fue lo único que acerté a pedirle. Mientras esperaba ese café, estuve preguntándome que seria lo que tendría que hacer. Tranquilizadoramente recordé que no tendría que posar. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de él. Todavía me quedaban alguna que otra sorpresa. Me quedé pasmada al verlo aparecer sin ropa alguna y con una taza de café que puso en mis manos. Su comportamiento fue tan natural, que esa falta de ropa no resultaba en absoluto una provocación.
Deambulo de aquí para allá, preparando lo que iba a necesitar. Hice todo lo posible por comportarme con la misma naturalidad que él. Intenté no mirar su desnudez. Una vez termino con los preparativos de diferentes pinturas, intento explicarme en que consistía el trabajo. Volví a advertirle de que no tenía ni la más remota idea de pintura, que tan solo me gustaba disfrutar del arte.
_ No busco a un pintor o pintora. Solo quiero que te dejes llevar, que expreses sobre mí piel todo lo que sientas en un momento dado. Tranquila, relájate y déjate llevar y veras el resultado... _me dijo en un tono tranquilizador con un gesto de innegable ternura. Ahí tienes las pinturas. Busqué en sus ojos un destello que me indicara que debiera tener cuidado. Pero no vi nada más que una mirada relajada y una sonrisa. Necesitaba apartar de mí esa opresión en la boca del estomago. Mí boca se encontraba pegajosa por el espeso sabor a café. Me hubiera gustado salir corriendo. Respire hondo repetidas veces. Me esforcé por encontrar un gesto que le restase importancia al hecho de estar allí con un desconocido que se encontraba completamente desnudo.
Era asombrosa la imperturbabilidad de aquel hombre.
El olor... ese olor a pinturas y trementina que lo invadía todo, me fue subiendo por la nariz. Su cuerpo dejo de ser para mí una visión ciertamente racional. Contaminada de la magia que comenzó a flotar en el ambiente.
La luz era muy tenue.la iluminación ideal para hacer resaltar su piel.
Introduje mis dedos en diferentes botes de pintura y los fui envolviendo sobre su piel, haciendo la mezcla de colores. Con movimientos hipnóticos fui trazando líneas, círculos y símbolos sin ningún significado. Arrastre mis dedos, los utilice como espátula. Sembré a mí paso espirales y lentos remolinos.
Sentí bajo las yemas de mis dedos, cómo iba consiguiendo borrar de su cuerpo esa impasibilidad. Sentí como palpitaban sus venas. Como zozobraba a mí paso. Seguí sin atreverme a levantar mi rostro, seguí temiendo encontrarme con su mirada. Su pecho, era ahora como un bosque repleto de ocres, que me acunaba y me envolvía. Todos sus músculos se habían ido tensando a mí paso. Había bajado sin separar las manos de su piel a la parte superior de sus muslos. Mis retinas se habían visto asaltadas por imágenes sugerentes.
Todo se había vuelto cómplice. Había ido desapareciendo la tranquilidad que nos rodeaba. Una tosecita nerviosa escapó de él.
Era el momento de tomar aire y también un poco más de pintura.
Fui sorprendiéndome a medida que recorría su pelvis de cómo había cambiado de tamaño su miembro. Fui consciente entonces de la humedad entre mis muslos. Entrecerré los ojos, no quería pensar…
Levante mí rostro y lo miré... perdiéndome en su mirada.
No dijo nada, solo me miró sonriéndome.
Había cruzado el límite eso lo tenia claro y ya no podía retroceder, tampoco lo deseaba.

La luz del sol bailaba a lo largo de su pene erecto, revelando cada vena, cada gradación de color, cada rizo de su vello, cada fragmento de su piel oscurecida.
Me coloque de rodillas entre sus piernas... agache la cabeza, apartando de mí rostro los desordenados mechones de pelo y cogi con las manos impregnadas de ocre y verde su miembro, acariciándolo, dejando rastros de ese trabajo. Un temblor le recorrió los músculos bajo la piel. Sintonizándose sus cinco sentidos con el pulso que latía en su cuerpo. Despacio, cuidadosamente, roce el glande palpitante con mis labios. Su carne dio una sacudida. Mí lengua se deslizó por aquella finísima textura. Rodeando esa cabeza brillante y rojiza, deslizándose por esa columna salteada de venas. Besé la punta aterciopelada de su bitte, una bella palabra francesa que recordé. Noté como se tensaba. No se si imaginé que ese hombre me pedía suplicante.
—N'arréte pas! _ o si en realidad me pidió aquello.
Sus manos se aferraron a mi pelo mientras sus gemidos fueron llenando la habitación.... entonces me la metí completa en la boca y empecé a chuparla. Sus manos marcaban el ritmo en mi cabeza.... cada vez más rápido.... podía sentirle duro, hinchado dentro de mi boca....mi boca continuó el ritmo marcado antes por él hasta que sus manos aferradas a mi pelo me indicaron que ya venía...no quise perderme ni una gota de él .... Me tragué toda su “sauce. blanc. Came” cómo llaman los franceses a esa tibia leche, mientras la habitación se quedaba con sus gemidos....
Cuando logre recuperarme, coloque mí cabello y mí ropa en su sitio. Podía escuchar a mi corazón rebotando contra el pecho. Respire hondo alzando la cabeza, tratando de quitarme el sudor que recorría mi frente. Mire la sonrisita que colgaba de sus labios.
Fui azotada por un huracán de pensamientos que reprochaban mi conducta. Estaba loca sin lugar a dudas. Luego de un rato largo de silencio Le pregunté aún balbuceante.
__ ¿Ya está todo? ¿Hemos terminado?
Me respondió en un susurro ronco buscando toda la naturalidad posible.__ Si. ¿Te gusta lo que has hecho? Es tu obra.
__Si, claro._ logre responderle.
__ ¿Has disfrutado?
__ Si, mucho._ supe con certeza que deseaba estar con ese hombre, era de lo único que en ese momento estaba completamente segura. Necesitaba que fuera él quién ahora
me tocara, acariciara
__ Me alegro. Cómo dijo no se quién, la vida ha de ser una colección de momentos, sin dudas debía referirse a momentos cómo estos.
. Le pedí que me dejara quitarle toda esa pintura. Lo hice lentamente. Lo hice con suavidad. Pude ver en su rostro una expresión realmente dulce. Una vez borre la mayor parte de todos aquellos trazos, con su ayuda me quite la ropa. Tomó mis manos y las beso, sin romper su mutismo. Mi espalda se perló de sudor. Me llevó hasta una pequeña cama. Delineé mis labios, repentinamente resecos, con mi lengua. Cerró sus ojos y, mientras agitaba lentamente la lengua dentro de mí boca cogió mis manos. Conectadas, levemente estrechadas,.. Una agradable y excitante sensación recorrió todo mí cuerpo al sentir cómo sus labios abarcaban uno de mis pezones y lo acariciaba con su lengua. Acarició mis pechos, los recorrió con su lengua y lo mismo hizo en mí ombligo. Gemí intermitentemente. Separo suavemente mis muslos y beso una a una las caras interiores que ya estaban húmedas. Pude advertir el silencio que respirábamos. Acercó su rostro hasta mí sexo y lo lamió una y otra vez, hasta hacer que mis labios vaginales se abrieran y así poder acariciar y succionar mí clítoris. Me sumergí en un maregmanun de sensaciones. Todos mis músculos se tensaron y mis gemidos recorrieron la habitación. Sus manos se posaron sobre mis nalgas, presionándolas contra su ingle para que pudiera sentir la dureza de su miembro. Se colocó entre mis muslos y su sonrojado glande buscó la abertura de mí vagina, acariciándola, penetrando en su interior poco a poco, con cuidado. Mis caderas se movieron con un espasmo al sentir su entrada hasta el fondo. Su miembro palpitaba contra el cuello del útero, con una presión caliente y brusca. No había espacio para recuperar




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