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"Y DE REPENTE TODO SE HA VUELTO EVANESCENTE







Hasta hace apenas unos días nos sentíamos confortablemente seguros, porque los miles de ahogados en pateras no iban con nosotros, ni los miles y miles de refugiados sin refugio, ni los bombardeos de hospitales en Siria, ni la masacre global de mujeres, ni el desmadrado robo de niños por interés del menor... Aunque fueran todos ellos asuntos muy lamentables, apenas alteraban nuestro hedonismo al no lograr ni la consideración de que fueran realidad. No había más realidad que nuestra falta de consciencia, o de conciencia, que dictaba lo que era normal por desquiciado que fuera. Pero hete aquí que de repente la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido, cortejada en este caso por una peste medieval. Un virus novedoso de talante rasante empecinado en equipararnos a todos por igual. Y nuestra inexpugnable seguridad orlada de concertinas se ha tornado vaporosa, evanescente. En todo el orbe ya nada es igual a lo de apenas hace unos días, porque nos hemos vuelto una amenaza y urge enchironarnos; el Maligno ya no son los “sin papeles”. Los abismos de injusticia siguen sin sutura, pero la multitud aplaude su exorcismo en las ventanas y balcones, contra el miedo de saberse tan iguales, tan azarosos. Hasta me tiene un regusto pecaminoso el descubrir que el mañana de los de Tramp pudiera ser tan vulnerable como el nuestro. Cuando creíamos estar juntos predicábamos la “distancia óptima profesional” y ahora que estamos enchironados idealizamos el podernos abrazar. En ocasión tan excepcional, a mí, que de astucia y artimañas ya tengo 85 años casi, por razón y cautelas de Estado, la autoridad competente me ha declarado sujeto de alto riesgo. Y en consecuencia me ha confinado en arresto domiciliario por tiempo indefinido, bajo amenaza de pena capital si no obedezco, cadalso al que el coronavirus se apuntó de voluntario. Cuando acabó la segunda guerra mundial como yo la recuerdo, las gentes en general de todos los países, horrorizadas de tanto como habían deseado matar, se afiliaron sin pudor a lo que hoy despreciamos como buenismo y lograron unas décadas de sensata placidez. Pues bien, no hay mal que por bien no venga y tengo la sensación de que la peste haya empezado a suscitar buenismo. Uno de mis queridos chavales, mi Kiko, que tiene una finca en plena campiña y una casa construida a mano por él, me dice que dispongo allí de una habitación y de filiales cuidados si deseo alejarme de la ciudad. Pilar la portera de mi casa me llama a las once de la mañana ofreciéndose a hacerme la compra. Otra vecina, tan desconocida que tal vez en la escalera ni nos saludáramos, se ofrece a traer las medicinas que necesite porque es farmacéutica. Javi de la parroquia de Entrevías pone a mi disposición su tiempo, su coche y su gente, para lo que les pueda necesitar. Y así suma y sigue rebrotando la primavera. Me llama otro de mis chavales, una familia con niños; están todos en paro y agotaron sus recursos. Les digo que iré a correos de inmediato, como tantas veces hice con tantos otros. Pasé la vida compartiendo riesgos ¿sería sensato que ahora me arrugase? Aunque todos los que más me quieren me adviertan de amenazas de muerte. Vivir no es simplemente durar, pienso. Y todo lo que se me antojó en la vida, probablemente ya lo haya vivido. Fui a correos a poner el giro, pero lo habían cerrado y tuvo que ser el chaval quien se llegara a mi casa. Mientras desayunaba vi en la tele “24 horas”, un programa nacional, estatal, de lo más oficial. Proponía que, como los recursos sanitarios escasean, y médicas y enfermeros están desbordados, tendrán que elegir “pese a lo que reclamen los escrúpulos de su conciencia” a los que han de sobrevivir, los dotados de más futuro naturalmente, que a los viejos les queda poco que ofrecer. Y me digo yo al que imaginan viejo, los gitanos y africanos ¿no dispondrán de peor expectativa de futuro que esas elites tan aficionadas siempre a aplicar su “solución final”? Desde Hipócrates sostuve con fe que los médicos se deben al milagro de la vida, indiscriminadamente. En manos de los escrúpulos de su conciencia me pongo. Extraordinaria ocasión, nuestra clausura, para meditar. 

 Enrique Martínez Reguera

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