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Nos asusta la enfermedad.



Porque nos paraliza, en seco, sin esperarlo. Porque nos obliga a desprogramar, a deshacer, a descuadrarse, a desdibujar ese plan, esa proyección de futuro, ese tenerlo todo bajo control.

 Nos asusta la enfermedad. Porque es pura incertidumbre y vulnerabilidad, es la vida en pañales, desnuda, sin añadidos, sin edulcorantes, sin parafernalias, sin excusas.

 Nos asusta la enfermedad. Porque toca la posesión, lo mío, mi familia, mis amigos, mi pareja, mi cuerpo, mi salud, mi estabilidad, mi trabajo, mis estudios, mis proyectos.

 Nos asusta la enfermedad. Porque la teníamos escondida, encerrada, aislada y cuando se nos presenta (ahá! aquí está), se nos cuela sin generar riquezas ni capitales, sin responder a la sobreabundancia que andaba suelta por todas partes.

 Nos asusta la enfermedad. Porque hace tambalear esa aparente libertad. Y la cuestiona y la sitúa entre la espada y la pared. Hasta que encontrarse de frente, ambas, libertad y necesidad, obligadas a construir desde este nuestro material: finito, sensible, limitado.

 Nos asusta la enfermedad. Porque somos expertos en huir del dolor, de la dependencia, del pedir ayuda, de la soledad, del estar en la cama, del tiempo inútil, improductivo, en silencio, sin responder. Y aquello de lo que huimos, al fin, nos atrapa.

 Nos asusta la enfermedad. Quizás (quizás, digo yo) porque tiene algo que ver con esa dosis de Verdad a la que tanto nos cuesta llegar.

 Núria Romay.

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