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Hombre de Luna



Cristales rotos sobre la noche.
Ángeles o demonios danzan
en la oscuridad hambrienta,
de frías luces de neón.
Hombre de la luna,
la ausencia de tu voz
al viento llama locura,
cuando la locura soy yo.
Bañada siempre en polvos de plata,
por ser la Diosa de la sinrazón.
Busca poseer mi cuerpo
y quien los posee soy yo.
Noches que afilan los miedos
escondiéndolos en su interior

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Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: -Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar. Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía al sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

Autor: Eduardo Galeano

QUE BONITA TE VES DESDE QUE TE RESCATASTE

Que bonita te ves así volviendo a ser tan tú, tan tranquila , tan loca, tan completa,    tan viva. Caminas con seguridad, sonriendo todo el tiempo, no te viste como otras, la moda no influye en tus gustos, usas lo que te identifique como única y así vas enamorando al mundo. Que bonita te ves desde que te rescataste, tu mirada cambió y la paz te invade a cada instante. Que hermosa te ves amando a tu manera, sin etiquetas, sin miedos, simplemente amando como tú quieras. Ya casi te pareces a la mejor versión de tí, a esa que se comerá al mundo en su afán de seguir siendo feliz. Que bonitos tus ojos y tus sonrisas, que bonitas tus cicatrices que bonitas. Te reconstruiste de una manera hermosa, tus pedazos al ser unidos te convirtieron en la más bella de las rosas. Que bonita te ves retomando las riendas de tu vida, no cualquiera resurge como tú de entre las cenizas. Que grande te ves pisoteando todas tus tristezas y complejos, que imponente te has vuelto desde que mandaste al carajo a la…

Trazos envolventes

e encontraba disfrutando de mí día libre. Las pinturas expuestas en el escaparate de una tienda de arte había llamado mí atención. Tras uno segundos o tal vez minutos de contemplación de esos lienzos, advertí que el reflejo de un hombre en el cristal de ese escaparate, me estaba observando. Se trataba de un hombre de mediana edad, cabello y barbas canosa casi blancas y gafas con montura metalizada. Era de esas personas que resultan agradables a la vista. Me pareció raro que un hombre así me estuviera mirando. No parecía de ese tipo de hombres que se dedican a mirar a las chicas. Seguí disfrutando de las pinturas, cuando tras de mí escuché un carraspeo nervioso. Giré mí rostro encontrándome con una sonrisa en el rostro de él. Tras disculparse por su atrevimiento, intento explicarme el motivo de que hubiera estado observándome. Era pintor y necesitaba ayuda para llevar a cabo un experimento. No podía salir de mí estupor. No me veía posando y se lo dije, pero el me tranqui…

Derecho a la tristeza

Cuando la alegría es un deber, tenemos que exigir el derecho a la tristeza. La síntesis es la vida. Por eso si falta alguna de las dos, todo es antinatural. Por más que el mundo cambie, tendrá que haber bienestar y dolor. Físico o del otro. Por mucho que nos limpiemos las ideas y los hechos, habrá de las dos cosas. Es un estado intermitente e interno pero universal. Arreglar la política para equilibrar y equiparar las oportunidades es otra cosa. Luego está el ser humano. Quiero que quede claro que esto no es derroteo. Que no es defensa de una pena eterna y permanente. Que me parece perfecto eso de la defensa de la alegría como trinchera. Pero esto no se nos puede ir de las manos hasta la falsedad y la negación de la verdad. Hago esta defensa de la tristeza desde la práctica de la misma alternada con euforia. O sea, desde el devenir común de una vida cualquiera. La mía. Y esta defensa resulta del enfrentamiento a estos estadios en los últimos tiempos por cuenta propia y ajena. Tambi…

El 0 y el 1

Uno no quería contar con nadie, y Uno no entendía por qué era impar si antes de él había alguien.

 Uno no quería contar con nadie, y Uno sentía que después de él estaba el infinito.

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 Y cuando Uno vio a Cero, pensó que cero era el número más bonito que había visto y que, aun viniendo antes que él, era entero.

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 Eso de ser el primero ya no le iba, así que debió hacer una gran bienvenida.

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Gente en la playa

La mujer ha aparcado. Baja y, con lentitud, saca del coche una silla de ruedas. Después, coge al muchacho, lo sienta y le coloca bien los pies. Se aparta algún cabello de la cara y, sintiendo ondear su falda al viento, va empujando la silla en dirección al mar. Entra en la playa por el paso de tablas de madera que, de pronto, a unos metros del agua, se interrumpe. Muy cerca, el socorrista mira al mar. La mujer alza al chico: lo coge por debajo de los brazos y camina de espaldas hacia el agua, mientras los pies inertes dejan dos surcos en la arena. Ha llegado muy cerca de las olas y lo deja en el suelo para volver atrás a por el parasol y la silla de ruedas.
Estos últimos metros. Los malditos, crueles metros últimos. Estos te romperán el corazón. No hay amor en la arena, ni en el sol, ni tampoco en las tablas, ni en los ojos del socorrista, ni en el mar. El amor son estos últimos metros. Su soledad. Joan Margarit
Gente en la playa




Con uno de mis dedos

Con uno de mis dedos, rozo tus labios,

dibujar tu boca intento.

Cerrando los ojos te pienso

siguiendo la línea con mi dedo,

con el pensamiento te palpo.

En tu rostro se dibuja una sonrisa,

que por azar  es la que busco.

La libertad entre mis dedos

crea pinceladas de luces,

hago nacer los ojos que deseo.

Siguiendo los pasos ciegos

sobre tu piel de lienzo ,

se derraman colores de deseo,

entre caricias disuelto.

Me miras, de cerca me miras,

pero yo no te veo, solo te siento

con el pincel de mis dedos

jugamos tan solo a tocarnos.

Nos miramos cada vez más de cerca

yo, siempre con los ojos cerrados.

Superponiéndose  sensaciones,

de colores inciertos

en respiraciones agitadas,

se confunden nuestros cuerpos.

Nuestras bocas se reencuentran

mordiéndose con los labios,

sabores de deseo degustamos

perfumes de amores viejos,

jugando en sus recintos.

El silencio limpia nuestras frentes,

sudorosas de trementina y óleo.

Entonces mis manos buscan

hundirse en tu enmarañado cabello  ,

mientras nos besamos

siembro con mi boca llena de fl…