Tengo el corazón lleno de caricias, de los abrazos que di, de los que me dieron, de los que quise dar y no llegaron a nacer, de los que ya nunca podré dar… Habitan en mí esas caricias y abrazos que los nuevos tiempos abominan y proscriben. Vacía vida la de un mundo que prohíbe los abrazos, inútil vivir donde están vetadas las caricias, no quiero mirar a ese gélido mundo que llama a la puerta, ese mundo que nos niega, ese inhóspito mundo de ausencias y distancias. Reniego de ese mundo de probeta y mascarilla, no lo quiero para mí ni para nadie. Reivindico el poder de la caricia y del abrazo. Si en el mundo en el que nos pudimos abrazar llegamos a matarnos unos a otros, ¿Qué no seremos capaces de hacer en este que ya asoma? Vacío mundo de zombis estúpidos y distópicos, de helados silencios y cibernéticas soledades. Vacío mundo ya de todo lo que un día fuimos. A nosotros, los viejos, nos queda el calor de los recuerdos; a los que vendrán solo el frío, el helado frío de su soledad. Las pandemias no llueven del cielo por muchas danas o galernas que soplen, necesitan que alguien las plante y las riegue con tiempo, premeditación y alevosía. Maldigo a los jardineros de pandemias que nos han robado los abrazos, a quienes las regaron recortando nuestra sanidad, a quienes las abonaron expulsando a jóvenes investigadores, científicos y sanitarios de este país, a quienes las podaron pagando menos impuestos a costa de que la sanidad universal y gratuita no llegase a todos los barrios, a quienes las cultivaron privatizando las residencias de mayores, a quienes convirtieron las residencias en negocio, a quienes miraron a otro lado, a quienes politizan la pandemia en su provecho, a quienes quieren forzar el desconfinamiento a golpe de cacerola rojigualda de Armani, a quienes consciente e intencionadamente se saltan las recomendaciones de los expertos sanitarios, a quienes pontifican como si lo fueran, y, sobre todo, a quienes criminal e irresponsablemente utilizan el dolor y la muerte para sembrar la mentira y el odio.
Querida Ana: Hace unos minutos me emocioné con tu correo y dejé en libertad esas lágrimas que de vez en cuando me vienen bien. Pensé en ti como si recorriera las páginas de un albúm de fotos. Ahora Ana con tres años, con siete, con quince. Ana que ríe y llora, Ana que hace planes, que sueña, Ana desorientada, Ana mirando al mundo a través de su pensamiento, metiéndose dentro de él, envolviéndose con todos los misterios que no se pueden descifrar, con los códigos encriptados de la vida. Las dificultades te dan la sabiduría necesaria no solo para resolverlas, sino y sobre todo, para demostrarnos que los retos personales nos hacen grandes. Tómate tu tiempo, pero espero que sepas administrarlo para reflexionar sobre ti misma, sobre tus posibilidades, sobre lo que te necesitamos la gente que te queremos, y sobre todo para tomar conciencia de lo mucho que te queda por disfrutar, soñar, aprender, comprender, y compartir. La vida es pura contradición, pero qué quieres q...

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