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La mujer de pie



"La vida es movimiento, decimos. Y para sacudirnos inventamos festejos, ceremonias, juegos en los que el riesgo a perder algo nos hace sentir vivos. Todo lo que se mueve nos atrae. Basta por el momento con aprender a distanciarse. Ha de llegar el tiempo en el que sobren las palabras, las discusiones se abandonen y donde hubo intransigencia se instale una calma amable. Hay que procurar que el mí se duerma para que las cosas encuentren su pasaje"

(Chantal Maillard: La mujer de pie)

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QUE BONITA TE VES DESDE QUE TE RESCATASTE

Que bonita te ves así volviendo a ser tan tú, tan tranquila , tan loca, tan completa,    tan viva. Caminas con seguridad, sonriendo todo el tiempo, no te viste como otras, la moda no influye en tus gustos, usas lo que te identifique como única y así vas enamorando al mundo. Que bonita te ves desde que te rescataste, tu mirada cambió y la paz te invade a cada instante. Que hermosa te ves amando a tu manera, sin etiquetas, sin miedos, simplemente amando como tú quieras. Ya casi te pareces a la mejor versión de tí, a esa que se comerá al mundo en su afán de seguir siendo feliz. Que bonitos tus ojos y tus sonrisas, que bonitas tus cicatrices que bonitas. Te reconstruiste de una manera hermosa, tus pedazos al ser unidos te convirtieron en la más bella de las rosas. Que bonita te ves retomando las riendas de tu vida, no cualquiera resurge como tú de entre las cenizas. Que grande te ves pisoteando todas tus tristezas y complejos, que imponente te has vuelto desde que mandaste al carajo a la…

Perséfone

Uno mira, uno huele el olor distinto, del ser que se devela.
 Uno aprende su nombre, y lo musita en tardes que no tienen otro sentido que el segundo en que se queman.
 Uno se demora en lo adquirido, y lo contempla, y lo penetra, y lo convive bajo el fuego en que crepita, cede o gime a nuestra piel, o a calidades más remotas, más inescrutables.
 Después nos convertimos en los habituales. Nuestro sol es el antro, nuestra calle de encuentro, nuestra duda, nuestra pérdida extraña.
 Debemos estar muy solos para eso, muy pálidos bajo la luz del día y bajo la mirada de las vírgenes. Sin embargo, debemos atrevernos, elegir nuestro próximo minuto, balbucirles a ellas actos telúricos y palabras telúricas, signos de galaxias menos complicadas, pero más mortales, exactitudes a su gusto que sólo bastarán para perdernos, y horas y horas que se adentrarán en nosotros y nos harán volver a un confuso principio, a una lenta construcción para lo nunca, para el después y el quemarnos.
 Al fondo del gran…

Tal vez mañana vuelva a empezar

Flirtea con la soledad
Enterrar los miedos
Escribir con el alma
Respirar un sueño
Convertirte en danza
Beber el jazz a pequeños sorbos
Llorar a carcajadas
Reír emocionada
Caminar sin dejar huella
Y dejarse llevar
por una melodía inacabada
como tu vida y la mía.
Podría seguir,
podría si me lo propongo continuar
pero mejor lo dejare aquí,
y mañana tal vez vuelva a empezar.

El 0 y el 1

Uno no quería contar con nadie, y Uno no entendía por qué era impar si antes de él había alguien.

 Uno no quería contar con nadie, y Uno sentía que después de él estaba el infinito.

 Y a Uno lo sempiterno le daba miedo, así que Uno, muerto de pavor, se fijó en Cero.

 Y cuando Uno vio a Cero, pensó que cero era el número más bonito que había visto y que, aun viniendo antes que él, era entero.

 Uno pensó que en Cero había encontrado el amor verdadero, que en Cero había encontrado a su par, así que decidió ser sincero con Cero y decirle que aunque era un cero a la izquierda, sería el cero que le daría valor y sentido a su vida.

 Eso de ser el primero ya no le iba, así que debió hacer una gran bienvenida.

 Juntos eran pura alegría y se completaban. Uno tenía cero tolerancia al alcohol, pero con Cero se podía tomar una cerveza cero por su aniversario, aunque para eso tuviesen que inventarse una fecha cero en el calendario.

 Cero era algo cerrado y le costaba representar textos pero, junt…

LOS SUEÑOS DE HELENA

Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: -Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar. Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía al sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

Autor: Eduardo Galeano

Nuestras mujeres mayores

Casi todos los escritores españoles de este momento sabemos por experiencia que la mayor parte de las gentes que asisten a nuestras conferencias son mujeres. Señoras que a menudo tienen ya una cierta edad. A veces ni siquiera son personas muy cultas, al menos en el sentido en el que habitualmente solemos utilizar la palabra cultura: algunas de ellas –al borde de los setenta años, después de toda una vida dedicada al trabajo y a cuidar de los demás- se han apuntado a algún club de lectura de los muchos que empiezan a proliferar por los pueblos y los barrios de numerosas ciudades. Se acercan a nosotros con los ojos brillantes, nerviosas y tímidas, para confesarnos que la nuestra es la primera novela que han leído, y que no sabían que leer una novela podía ser una experiencia tan íntima y tan rica. Antes, mientras trabajaban, criaban a los hijos, hacían todas las tareas domésticas, se ocupaban de un marido exigente y atendían a los mayores, no habían tenido tiempo. Ahora lo sacan d…