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Dejó de ser un juego de dos


l tu regreso del trabajo me encontraste con un libro entre unas manos, cargadas de inquietud. Te inclinaste sobre mí, dejando sobre mis labios el roce de un beso express. No reparaste en ese camisón de gasa negro que precisamente estrenaba esa noche para ti.Con la ilusión de  una niña , esa tarde me había dedicado a ponerme lo más bonita posible para tu regreso. Me cepille el cabello, puse un poco de color en los labios, me pellizque las mejillas para prestarles un poco de color y terminé poniéndome unas gotas de ese perfume que tanto te gustó en otros tiempos. ¡Sabes! al mirarme en el espejo de nuestro dormitorio, esperaba que ese receptáculo de cristal, llegara a  mostrarme la imagen de aquella mujer de la que te enamoraste hace veintiséis años, necesitaba sacar valor para poder seguir con aquello. Tu rostro denotaba un enorme cansancio y el mío una vez más se encontraba teñida de esa decepción que no llegaste a percibir . 

    Te vi como te calentabas en el microondas la cena, sentí una punzada en el pecho. No me preguntaste si yo había cenado, es cierto de que estabas habituado a que lo hiciera a solas, por lo que no pensaste ni por un instante que esa noche pudiera ser   distinta a otras.
     Aun sin tener ganas de hablar, te esforzaste comentándome algo de lo ocurrido aquel día en el trabajo. Mientras te escuchaba, no deje de mirar tus ojos, tenía la esperanza de que en algún momento se detuvieran en ese camisón  creado para la seducción. 

   No advertiste la ansiedad con las que  mis manos revoloteaban sobre mi regazo, ni el temblor de mis labios teñidos de rouge .  No viste el sentimiento de fracaso que se debía estar reflejando en mi rostro.
   Lo hubiera dado todo, por haberme podido poner en pie y haberte  rodeado  con mis brazos y besandote una y otra vez .
    La impotencia que estaba sintiendo ante ese pensamiento provocó que se me fuera formando en nudo en la garganta  y unas tremendas ganas tremendas de llorar que me esforcé por reprimir. 
   
    Una vez cenaste, recogiste la mesa. Me miraste sin verme como venia ocurriendo desde hacia demasiado tiempo ,  preguntándome si me llevabas en la cama. Esa pregunta que tantas veces te había escuchado  esa noche me sonó distinta. Sentí que me ahogaba, que me faltaba el aire. No podía recriminarte nada,todo lo contrario sé que me querías,  pero ya no despertaba ningún otro tipo de pasión.

   Levantando mis brazos me aferre   a tu cuello, momento en que me arrancaste  de la silla de ruedas a la que me encontraba  condenada toda una eternidad. Me llevaste hasta la cama, dejando en ella   como siempre con el maximo  cuidado, como si temieras que fuera a romperme.  En ese preciso momento me hubiera gustado decirte lo mucho que deseaba tener a mi lado al hombre con el que me case y no al cuidador  en el te habías transformado . 

   Tenía la necesidad de volver a ser una mujer entre tus brazos aun sin sentir como hubiera deseado. Ansiaba ver en tus ojos el reflejo del deseo,  aunque solo fuese por una última vez…, pero volví a guardar silencio, una vez más creí que sería lo mejor. 

    Yo aún te amaba, por eso me dolía tanto verte de aquella manera. Te inclinaste sobre mí para darme el beso de buenas noches antes de apagar la luz de la mesilla. Retuve tu rostro entre mis manos y te pedí que cerrases los ojos un instante. Bese tus parpados ligeramente, haciendo lo mismo con tus labios…, pero me detuve  de repente al notar como intentabas escapar de entre mis manos, recordándome lo muy cansado que te encontrabas. 
  
  Sabía que no era tu deseo el hacerme daño, pero desde hacia años me lo estabas haciendo. Los dos de alguna forma nos lo estábamos haciendo mutuamente. Aquello había dejado de ser un juego de dos. 
  Esperé a saberte dormido, para dejar  por fin  que se mis lagrimas   que tanto me había costado retener pudieran brotar en libertad. En mis labios se fueron entremezclando  el sabor salado del llanto con el dulzon  del rouge   de labios  …

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