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MÍ propio autorretrato


Otra noche más me senté sobre la cama dispuesta a ir desnudándome, lo hice con la misma apatía con lo venia haciendo desde hacia tiempo. Con la inercia que suele esconder la rutina , esa que a todos consigue adormecer.
Miré con detenimiento a mí alrededor, todo se encontraba en el mismo lugar en el fue colocado hacia años, parecía como si se hubiera detenido el tiempo en ese dormitorio.
Mis ojos fueron a detenerse en el espejo del tocador heredado de mi abuela. Un receptáculo de cristal agrietado. Me vi en aquella especie de lienzo. Siempre huí de los espejos, me mostraban una realidad de la que deseaba huir. Sé que es ridículo querer evadirse de nuestra propia verdad, lo sé, como sé que mí comportamiento al hacerlo no hablaba demasiado bien a mí favor.
El rostro de la mujer del espejo era agradable, en el se percibía serenidad. Acaricié mi rostro a la vez que lo hacia ella, lo que me hizo recordar aquel juego de niña en el que se repetían los gestos de la otra niña como si fueran una sola. Juego que a veces se utilizaba para burlarse, terminando en riñas.
Las dos nos sonreímos, en esa sonrisa quise ver complicidad.
Fui desabrochando con parsimonia la camisa, siendo imitada una vez más. Ya desnuda, me dediqué a comparar su cuerpo con el mío. Sus pechos se veían descolgados, abatidos. Palpé los míos, tenía que reconocer que la decrepitud comenzaba a ser patente. Toda mi existencia, todo lo vivido, se encontraba escrito en cada uno de los pliegues de mi cuerpo, cada centímetros de esa piel ya un tanto ajada. La cicatriz que había dejado la operación de ovarios que dividía mi vientre, como una cesárea. Una vez más pensé en cuanto me hubiera gustado engendrar un hijo, como cualquier otra mujer.
Odio los espejos, los odio, consiguen ponerme triste, siempre lo hicieron.
Me sentía extraña. Desde hacia unos días me encontraba inquieta, confusa con lo que mis emociones intentaban trasmitirme.
la idea de que mí vida estaba incompleta, que le faltan cosas, esas a las que cualquiera tiene derecho. Maldije en voz alta, me sentía estafada, no sé si por ese Dios al que considero amigo. No quiero pensar en ello, no me hace ningún bien. Deseo creer que todo tiene un por qué.
Paseé lentamente mí mano por aquella piel acariciándola. Era una sensación agradable. Nunca había sido acariciada por un hombre, ni ya esperaba que eso llegara a ocurrirme. Me encontraba en el otoño de mi vida, ésa estación que precede al invierno al final , ese al que temo…,
A veces creo haber sido espectador y no protagonista. Me encuentro en la penumbra, velada por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también esta mujer que me observa desde el espejo. Conozco lo que siente, lo que anhela, sus incansables luchas internas, conozco cada uno de sus silencios, conozco demasiadas cosas me temo, como voy conociendo la desilusión …,
Me quise ver como una mujer fuerte, capaz de todo, pero no era así, soy tan sólo como cualquier otra, que se siente sola entre esa multitud que la rodea. Esa que dejó que fueran pasando los trenes de la vida, por no tener el valor necesario para subirse en uno de ellos.
He tenido mucho tiempo para pensar, demasiado a veces. He pasado la mayor parte de mi vida entre estas cuatro paredes de este dormitorio. Se convirtió con el tiempo en mi cubil, en mi refugio y fortaleza. Esta cama de cuerpo y medio, que hubiera deseado cambiar por una mayor, de matrimonio. No se habría entendido si hubiera hecho ese cambio. Pero bueno esta cama ha sido testigo de muchos de mis deseos, de mis llantos y vigilias, cómplice de fantasías, entre otras muchas cosas mas.
Tal vez he sido sin saberlo, una de esas mujeres que hace lo que se espera de ellas, aunque nunca he permitido convertirme en algo que odio en una de esas marujonas como se les llama ahora. he intentado ser alguien con principios, alguien a la que sus inquietudes le empujaran a querer avanzar, a no cerrar puertas ni ventanas, a no resignarse a vivir sin alas, esas que a una le crecen cuando alimenta día a día a su imaginación, la cuál acaba transportándola a sus propias fantasías. Tal vez por eso los golpes de las caídas se van haciendo más duros y los golpes más dolorosos.
Los ojos han comenzado a pesarme, es tarde.
Miré de nuevo a esa mujer sonriéndole una vez más me despedí de ella, abrí la cama y me introduje entre sus sabanas. Así llegó a su fin un día más o mejor dicho un día menos...

Comentarios

  1. Me encanta tu blog. Tiene una elegancia especial y una sencillez exquisita. El blanco y negro de tiempo consigue envolvernos en un paisaje único. Y si a todo eso unimos las suaves pinceladas de tus letras, resulta una combinación única.
    Enhorabuena.
    Te dejo parte un poema de Bécquer:
    "Dejé la luz a un lado,y en el borde
    de la revuelta cama me senté,
    mudo, sombrío,la pupila inmóvil
    clavada en la pared"...

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