1 de septiembre de 2016

LA LECCION DE 1980



Este relato, desde que lo descubrí en mi más tierna juventud, me ha hecho desear que los cuentos, a veces, se conviertan en realidad.



         "Harto, al fin, de tanto embrollo, el Padre Eterno decidió dar una  lección saludable a los hombres.
        A las doce en punto de la noche del martes 31 de diciembre de 1979, el jefe del Gobierno soviético, Pedro S. Kerulin, murió de repente. Precisamente, estaba brindando por el Año Nuevo, durante una recepción ofrecida a los representantes de la Federación democrática del África Oriental –e iba por la duodécima copa de vodka-, cuando se le extinguió la sonrisa en los labios y se desplomó en el suelo como un saco de cemento, en medio de la consternación general.
        El mundo fue sacudido por opuestas reacciones. Se había llegado a una de las situaciones más agudas y peligrosas de la guerra fría, quizás la más extrema de las habidas nunca. El motivo ocasional de la tensión entre el bloque comunista y el occidental era la disputa por la posesión del cráter Copérnico, en la Luna. En el vasto recinto, rico en metales raros, se hallaban fuerzas de ocupación americanas y soviéticas; las primeras, concentradas en una restringida zona central, las otras, en torno. ¿Quién fue el primero en llegar? ¿Quién podía esgrimir un derecho de precedencia?
        Precisamente, unos días antes, o sea, en vísperas de Navidad –gesto que fue juzgado de pésimo gusto  en los países libres-, Kurulin, a propósito del cráter de Copérnico, había pronunciado un discurso  bastante áspero, en el que recalcó sin ambages la superioridad soviética en materia de “medios descomprensivos” (las bombas termonucleares, usadas en otros tiempos como coco en los conflictos internacionales, no eran ya más que una polvorienta antigualla). “Los responsables de esta nueva agresión capitalista –había dicho en un estilo que recordaba la bonhomía de Kruschev- , ¿quieren hacer las cuentas sin el huésped? En el espacio de 25 segundos, nosotros estamos en condiciones de  hacer estallar como globitos a todos los habitantes de sus respectivos países.”  Con lo cual aludía a los dispositivos secretos para anular en vastas áreas la presión atmosférica, con las funestas consecuencias que ello acarrearía.
         Habituados ya a la elocuencia un tanto pesada del gran rival, Occidente no se había tomado, naturalmente, demasiado al pie de la letra el arrebato de Kurulin. Pero no se les había ocultado su gravedad…
         La repentina desaparición de Kurulin fue, pues, un inmenso alivio para América. Al igual que sus predecesores, había centralizado en su persona todos los poderes. Aún cuando, al menos en apariencia, no existiese oposición interior, su política podía considerarse del todo personal. Con su desaparición, en Moscú habría inevitablemente una crisis de incertidumbre y desbandada. En todo caso, la presión diplomático-militar por parte soviética mermaría mucho.

        Al mismo tiempo el espanto en el campo ruso fue grande. Sobre todo porque el desdeñoso aislamiento de China no presagiaba nada bueno…………
El instinto les decía que aquello solo podía presagiar algo siniestro.

       Pero el año apenas nacido se reveló rico de imprevistos. Exactamente una semana después, o sea, a medianoche del martes 7 de enero, algo que tenía todas las apariencias del infarto de miocardio, fulminó en la mesa de trabajo, mientras conferenciaba con el secretario de la Marina de guerra, al presidente de los Estados Unidos, Samuel E. Fredikson, símbolo del intrépido espíritu nacional, primer americano que había puesto los pies en la luna.
       Que a distancia de una semana exacta los dos mandatarios antagonistas de la contienda mundial hubiesen desaparecido de escena, provocó una emoción indescriptible. ¿Por qué ambos a medianoche? Hubo quien habló de asesinato por obra de una secta secreta, quien fantaseó acerca de una intervención de fuerzas extraterrestres, quien sospechó de una especie de “juicio de Dios”. El hecho es que los comentaristas políticos no sabían a que santo encomendarse. Sí, podía ser también una pura coincidencia. Pero la hipótesis no era fácil de digerir: tanto Kurulin como Fredrikson habían gozado hasta entonces  de una salud de hierro.
        Mientras, en Moscú, el poder había sido asumido interinamente por una dirección colegial, en Washington, de acuerdo con la Constitución, el cargo supremo pasó automáticamente  al vicepresidente, Víctor S. Klement, administrador y jurista prudente, más que sesentón y ex gobernador de Nebraska.
        La noche del 14 de enero de1980, martes, cuando el reloj de la chimenea encendida hubo dado las doce, Mr. Klement , que estaba leyendo un libro amarillo sentado en un sillón junto al fuego, dejó caer el volumen, reclinó dulcemente la cabeza en el pecho y así se quedó. Los auxilios de sus familiares y de los médicos que acudieron, no sirvieron de nada.
        Esta vez, una ola de supersticioso terror pasó sobre el mundo. No, ya no se podía hablar de casualidad. Una potestad sobrehumana se había puesto en acción para afligir a plazo fijo, con precisión matemática, a los grandes de la Tierra.  Y los observadores más agudos creyeron haber descifrado el mecanismo del terrible fenómeno: por un decreto superior, la muerte se llevaba, cada semana, a quien en aquel momento era el más poderoso de los hombres.

        Tres casos, por muy singulares que fuesen, no permitían ciertamente formular una ley. Sin embargo, la interpretación impresionó las fantasias y se presentó un angustiado interrogante: ¿a quién le tocaría el martes próximo? Después de Kurulin, Fredrikson y Klement, ¿quién es el hombre más poderoso de la Tierra destinado a perecer? En todo el mundo hubo una fiebre de apuestas para aquella carrera hacia la muerte.
        La tensión de los ánimos hizo de aquélla una semana inolvidable. ¿quién iba a preocuparse ya por el cráter Copérnico? Más de un jefe de Estado luchaba entre el orgullo y el miedo: por una parte, la idea de ser elegido para el sacrificio  del martes por la noche le halagaba, como demostración de su propia autoridad; por otra, el instinto de conservación hacía oir su voz. La mañana del 21 de enero, Lu Chi-min, el hermético primer mandatario de China, convencido más o menos presuntuosamente, de que había llegado su turno, para demostrar su independencia de la voluntad del Eterno, y dado que era ateo, se quitó la vida.
        Simultáneamente, el ancianísimo De Gaulle, ya mítico señor de Francia, persuadido a su vez de ser elegido, pronunció, con la tenue voz que le quedaba, un noble discurso de despedida a su país, alcanzando, al decir de muchos, la más alta cima de la elocuencia, a pesar del grave peso de sus noventa años. Entonces se comprobó como la ambición puede superarlo todo. Había hombres que se sentían felices de morir con tal de que la muerte demostrase su preeminencia sobre el resto de los mortales.
          Pero, con amarga decepción por su parte, De Gaulle traspuso la media noche con óptima salud. En cambio, quien murió de repente, en medio de la estupefacción general, fue Kocho, el dinámico presidente de la Federación de África Occidental, que hasta entonces había gozado, más que nada, de la fama de simpático histrión. Después, se supo que en el centro de estudios creado por él en Busundu, se había hallado el modo de deshidratar las cosas  y las personas a distancia, lo cual constituía un tremendo recurso bélico.
        Tras lo cual –habiendo encontrado confirmación la ley del “muere el más poderoso”—se verificó una fuga general  de los cargos más elevados y, hasta ayer, más ambicionados. Casi todos los puestos presidenciales quedaron vacantes. El poder, antes ávidamente codiciado, quemaba las manos. Hubo, tre los peces gordos de la política, la industria  y de la finanza, una carrera desenfrenada con el fin de demostrar quien contaba menos. Todos se hacían pequeños, bajaban los humos, ostentaban un negro pesimismo sobre la suerte del propio país, del propio partido, de las propias empresas. El mundo al revés. Un espectáculo que habría sido regocijante de no existir la pesadilla del  próximo martes por la noche.
       Y también a media noche del quinto martes, y, luego, del sexto, y luego del séptimo. Fueron quitados del medio, por orden: Hosei, vicepresidente de China, Fhat-en-Nissam, la eminencia gris de El Cairo y el Sultán del Ruhr.
        Las víctimas, posteriormente, fueron segadas entre los hombres de menor entidad. La defección de los titulares, empavorecidos, había dejado desiertos los puestos eminentes de dominio. Tan solo el viejo De Gaulle, impertérrito como siempre, no había soltado el cetro. Pero la muerte, quién sabe por qué, no le dio satisfacción. Él fue la única excepción a la regla. Cayeron personajes mucho menos autorizados que él. ¿Sería que el Padre Eterno, fingiendo ignorarle, quería dar una lección de humildad?
        Al cabo de un par de meses, no existía ya ningún dictador, ningún jefe de Gobierno, ningún líder de gran partido, ningún director general de gran industria. ¡Qué hermosura! Todos dimisionarios. En la guía de Naciones y negocios permanecieron órganos colegiales paritarios, en los que cada miembro ponía el máximo cuidado en no sobrepasar a sus colegas. Al mismo tiempo, los hombres más ricos del mundo se desembarazaban precipitadamente de su exagerada acumulación de millones con gigantescos donativos  benéficos, obras sociales y mecenazgos artísticos.
     Se llegó a paradojas inauditas. En la campaña electoral de Argentina, el presidente Hermosino, temiendo los votos como a la peste, se difamó tanto  a sí mismo que fue procesado por vilipendio  del Jefe del Estado.  En L’Unità, de Roma, aparecieron luctuosos editoriales que proclamaban el  completo hundimiento del PCE, escritos por el líder del partido, que no quería dimitir pero quería evitar el golpe del destino. Y el campeón mundial de los pesos pesados, Vasco Bolota, se hizo inocular el paludismo para perder la salud, considerando que el vigor físico también era un peligroso signo de poder.
         En los litigios internacionales, nacionales y privados, cada cual daba la razón al adversario, tratando de ser el más débil, el más obediente, el más incauto. El cráter Copérnico quedó repartido equitativamente entre soviéticos y americanos. Los capitalistas cedían sus negocios a los trabajadores y los trabajadores les suplicaban que no los cediesen aún. En pocos días se llegó a un acuerdo para el desarme total. Las viejas reservas de bombas fueron hechas estallar en las proximidades de Saturno, que resultó con un par de anillos rotos.
        Antes de transcurridos seis meses, cualquier peligro de conflicto, aún local, se había desvanecido. ¿Qué digo conflicto? Ni siquiera controversias, odios, litigios, polémicas, animosidades, subsistían ya. Terminado el asalto al poder y el delirio de mando, se vio que se establecían automáticamente la justicia y la paz. De los cuales, aún pasados 15 años, seguimos gozando. Pues ocurre que, tan pronto algún ambicioso, olvidando la lección de 1980, intenta levantar la cabeza por encima de los demás, viene la invisible hoz y ¡zas! Se la quita, siempre a media noche del martes.
          Las “ejecuciones” semanales cesaron a mediados de octubre. Ya no eran necesarias.  Habian bastado una cuarentena de infartos bien concedidos para organizar mejor las cosas sobre la Tierra. Las últimas víctimas fueron figuras de segundo plano, pero el mercado mundial no ofrecía ya nada mejor en materia de  personajes poderosos. Sólo el decrépito De Gaulle continuó siendo obstinadamente tolerado.

        La penúltima fue George A. Switt, célebre presentador de la estereotelevisión americana. Muchos quedaron asombrados, perro, en realidad, él gozaba de un prestigio formidable, y le hubiese bastado con quererlo para alcanzar los más altos cargos de la Confederación. El conocido magnate conde Bongiorno, interrogado al respecto, que de joven había sido un famoso presentador de televisión  en Italia, dijo no sentirse extrañado, ya que en sus buenos tiempos, había advertido detentar, pese a sus intenciones, un poder casi ilimitado, y una nación extranjera, de quien no quiso revelar el nombre, le había ofrecido todo el oro a fin de que, con una palabra, hiciese sublevar al pueblo italiano para instaurar otro régimen. Pero por patriotismo, contestó que no".
(Historias del atardecer.  Dino Buzzati)

9 de abril de 2016

¿Un tren, hacía?




Se preguntaba, ¿a qué hora..?
¿Hacía dónde dirigirse para subir a él?
¿Una estación, un andén, un lugar escondido, lejano..?


untrenhacia“Le serviría poco, muy poco equipaje, en esa clase y tipo de viajes apenas se necesita nada”.
¿Será uno de esos trenes que se cogen llevando interminables maletas repletas de enseres, objetos y ‘chismes’?
Había tomado lo justo, imprescindible, — unos pocos indumentos, ropa interior, algunas ‘joyas de valor sentimental’, fotografías íntimas, ropa de cama, toallas y poco más.
Le preocupaba que pudieran pedir, exigirle… remordimiento, inconsciencia, usurpación, abandono, dejación, recriminación {…}
Con ella viajaba ‘su maleta’, y en ésta… tristeza, desengaño, dolor, aflicción, pavor, recuerdos de llantina desgarradora, (en ese caso y hasta aquí, preocuparse ya no tendría sentido).
Aunque ella, lo que realmente había reservado, — era un billete con destino: esperanza, felicidad, risa, paz, tranquilidad, la liberación, verdadero amor.
{…} ¿Sería grande o pequeño, con departamentos individuales, o no, — con acogedores y cómodos sillones de piel, dispondría de infinitos pasillos… pintados con lineas sin fin?
O quizás, pequeñas estancias recubiertas de terciopelo rojo, tapizadas con enormes cortinas de organza, lechos dispuestos para recibir el calor de una piel y su perfume intenso, infinidad de poros anhelando caricias y besos interminables, — llenos de pasión y deseo al placer entregados.

“Le encantaría {…} ansiaba infinitamente despertar y subir a ese tren.” — La travesía en el tren de su Momento, Libertad y Vida.

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4 de abril de 2016

Nuestras mujeres mayores



nuestras-mujeres-mayoresCasi todos los escritores españoles de este momento sabemos por experiencia que la mayor parte de las gentes que asisten a nuestras conferencias son mujeres. Señoras que a menudo tienen ya una cierta edad. A veces ni siquiera son personas muy cultas, al menos en el sentido en el que habitualmente solemos utilizar la palabra cultura: algunas de ellas –al borde de los setenta años, después de toda una vida dedicada al trabajo y a cuidar de los demás- se han apuntado a algún club de lectura de los muchos que empiezan a proliferar por los pueblos y los barrios de numerosas ciudades. Se acercan a nosotros con los ojos brillantes, nerviosas y tímidas, para confesarnos que la nuestra es la primera novela que han leído, y que no sabían que leer una novela podía ser una experiencia tan íntima y tan rica. Antes, mientras trabajaban, criaban a los hijos, hacían todas las tareas domésticas, se ocupaban de un marido exigente y atendían a los mayores, no habían tenido tiempo. Ahora lo sacan de donde pueden. Antes nadie les había ofrecido diversión y placer. Ahora tratan de agarrarlos a manos llenas.
Me emocionan esas mujeres mayores nuestras. Nacieron y crecieron en las peores condiciones posibles, en medio de la guerra y la posguerra. Soportaron hambre y privaciones y una escasa formación, trabajaron como burras, hicieron maravillas para sacar adelante a los suyos con cuatro perras, educaron a sus criaturas lo mejor que pudieron, aguantaron a hombres muchas veces difíciles de aguantar, han enterrado a un montón de seres queridos… Y ahí están sin embargo, animadas, aprendiendo a disfrutar de cosas con las que hace años ni soñaban, viajando todo lo que pueden, visitando museos, leyendo, saliendo a comer o a tomar un cafetito con las amigas para charlar y pasárselo bien. Han aprendido a interesarse por la política y a ser tolerantes en asuntos morales que hace tan sólo unas décadas les parecían –porque así se lo habían contado desde niñas- pecados mortales: ellas, que vivieron durante tanto tiempo creyendo en la virginidad y el matrimonio para toda la vida, han aprendido a convivir con los descarados novios de sus hijas o nietas, con las sucesivas esposas de sus hijos, con la homosexualidad y el aborto y las drogas. Y no sólo no se rasgan las vestiduras, sino que lo aceptan y lo entienden y hasta piensan que está bien que la gente se divierta todo lo que pueda mientras está en este mundo. Aunque sigan creyendo en el otro.
Y además se ríen mucho, sí. Supongo que también lloran mucho y a veces, si les tiras un poco de la lengua, empiezan a contarte sus innombrables y ciertas amarguras. Pero luego, auténticas supervivientes de tantas calamidades, sacan fuerzas de flaqueza, se secan las lágrimas, vuelven a reírse y aprovechan todo lo que pueden de una existencia que para muchas de ellas sólo había sido hasta ahora una sucesión de frustraciones y represión. Nuestras valientes y magníficas mujeres, que se reinventan la vida a diario.

 

Ángeles Caso

Magazine La Vanguardia, junio 2006.

26 de marzo de 2016

Deseo ser tú calma




Deseo ser tú calma
y en la noche el secreto
que nos envuelve en silencio.
Ser si lo quisieras
un poema rebosante de verbos.
Con los que acariciarte,
con los que besarte
y sino te asustara, amarte
en momentos como estos.
Si me dejaras, podría ser tu nada
y hasta tu todo.
Ser un pasajero silencioso
en ese tu trayecto...ser la luz del faro
que te guíe hasta mi puerto.
¡¡Sabes!! Desearía poseer la llave
que abriera tu corazón.
Ser un día la mujer de tus pecados
pero nunca la de tus remordimientos.
Si pudiera, que no puedo
desearía ser todo eso
y mucho mas ...
Pero tú ya elegiste otro destino,
otro puerto, seducido por su misterio
ese que yo no poseo.

"El Corazón lleno de nombres": "PIEDAD" SIN MIGUEL ÁNGEL

"El Corazón lleno de nombres": "PIEDAD" SIN MIGUEL ÁNGEL: Una "Piedad" es una representación del dolor, del sufrimiento... Nos han enseñado a María sosteniendo el cuerpo muerto de su hij...

13 de febrero de 2016

HISTORIA DE NANA




Nana era tímida, mimosa, agradecida. Su anhelo de afecto se debatía con el miedo al rechazo. No sé cómo fueron sus cinco primeros años de vida. Su temor a los humanos insinuaba la experiencia del maltrato. Si un extraño intentaba acariciarla, agachaba la cabeza y sus ojos parpadeaban, expectantes. La crueldad de los desconocidos no consiguió destruir su ternura. Cuando paseábamos por la estepa castellana, una tierra áspera y dura, no se separaba de mi lado y me observaba con gratitud y dulzura. Si aparecía un conejo, lo perseguía con atolondramiento. Después de correr unos metros entre jaras, pinos y matorrales, regresaba jadeando, feliz de saber que ya no estaba perdida. Es imposible esquivar a la muerte, pero al menos durante un tiempo hemos caminado juntos hacia ella, con la esperanza de reencontrarnos en un lugar donde ya no habrá aflicción ni desamparo.

Nana

Descubrí la existencia de Nana en la página de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Madrid. Me conmovió su historia. Había excavado una madriguera en el muro del refugio y había alumbrado a seis cachorros. A pesar de vivir en la calle, sin afecto ni cuidados, había logrado alimentar a los recién nacidos. Imagino que algunas personas de buen corazón le proporcionaron comida y la proximidad de un riachuelo le abasteció de agua. Los cachorros estaban gorditos y parecían felices, sin reparar en su situación de precariedad e indefensión. Los voluntarios trasladaron a la familia al refugio. Nana se mostró muy dócil desde el primer momento, pero no podía reprimir su inseguridad, que se reflejaba en su actitud vigilante y medrosa. Continuó atendiendo a sus cachorros, sin ocultar la angustia que le producían los seres humanos. Los cuidadores intentaron ganarse su confianza a base de cariño y paciencia. Acostumbrados a todo tipo de iniquidades, les asombraba que pasaran las semanas y el miedo no se atenuara. Los cachorros fueron adoptados. Cuatro fueron enviados a Austria. Los demás se quedaron aquí, acogidos por familias españolas. Nana era una perra muy bonita, pero su desconfianza y retraimiento disuadían a los que se interesaban por ella. Después de varios meses, una chica joven decidió llevársela, pero el sonido de un petardo en un parque le provocó un ataque de pánico. Nana huyó sin rumbo fijo, sorteando calles y automóviles. Los voluntarios de la protectora necesitaron dos meses para localizarla y rescatarla. La chica que la había adoptado no quiso intentarlo de nuevo y Nana regresó al albergue, donde pasó los siguientes dos años.

El 30 de abril de 2005 acudí al albergue con la determinación de incorporarla a mi familia. En mi casa, ya había dos perritos y un gato, que convivían sin problemas. Sabía que la aceptarían, pues casi todos habían soportado vivencias traumáticas y agradecían cualquier presencia afectuosa. Antes de enseñármela, los voluntarios me advirtieron sobre su carácter apocado y su tendencia a huir ante cualquier sobresalto. Su cuidadora me la entregó con un arnés, invitándome a dar un paseo antes de formalizar la adopción. Encajonada entre una autovía y un descampado, la protectora era un lugar inhóspito, sin apenas árboles y con infinidad de perros y gatos intentando llamar la atención de los visitantes para salir de un encierro benigno, pero indeseable. Nana tenía el mismo aspecto que en la foto: los ojos rebosantes de ternura, el pelo largo y rubio, un hocico alargado que insinuaba cierto parentesco con el galgo o el collie, las orejas caídas, una cola poblada y unas motas canelas en la cara y las patas delanteras. Su estampa noble y amigable recordaba al Golden Retrevier, pero sin su complexión robusta. Paseamos durante media hora. Aceptaba la correa dócilmente, sin adelantarse ni quedarse rezagada. Era evidente que el miedo reprimía cualquier gesto de espontaneidad. Al cabo de unos minutos, nos sentamos en un bordillo y le acaricié la cabeza. Hablé con ella sin levantar la voz, con la convicción de que no necesitábamos manejar el mismo idioma para entendernos. Apenas se atrevía a mirarme. Acerqué la cara con la esperanza de que lamiera mis mejillas. Saqué una galleta del bolsillo y la puse a su alcance, pero no quería moverse. No hice ningún progreso, pese a insistir con cariño, aguardando una respuesta que reflejara su espíritu delicado y entrañable. Pensé en Platero. Nana también era suave y peluda y con unos ojos negros como el azabache. De cerca, parecían unas lagunas negras estremecidas por un viento compasivo y no era difícil imaginarla corriendo entre “florecillas rosas, celestes y gualdas”. Intenté animarla para que abandonara su pasividad. Deseaba que corriera con un trotecillo alegre, se alejara unos metros y regresara para hundir su cabeza en mi costado, exigiendo mimos y agasajos, pero Nana se limitaba a observarme, con la mirada del que cobija una herida interior interminable. Algo frustrado, pero sin ninguna vacilación, hablé con su cuidadora, que apenas conseguía contener su miedo a que me echara atrás.

-Es una perrita excepcional –aseguró con una sonrisa triste-. Sólo necesita tiempo y mucho amor.

La cuidadora era una mujer de unos cincuenta años, que aún no se había resignado a que tantas almas inocentes transitaran por el olvido y el desconsuelo. Nerviosa y titubeante, se agachó y, con unas manos maltratadas por la intemperie y el trabajo físico, comenzó a peinar a Nana, con esa dulzura que las madres reservan para sus hijos enfermos. El peine alargaba de forma inverosímil el pelo de la cola y se entretenía con el lomo y la barbilla. Advertí que la perrita tenía un bulto en el cuello. Pregunté qué le sucedía.

-No es nada grave –contestó, restándole importancia-. No estará arrepintiéndose, ¿verdad? Nana se merece salir de aquí. Aunque la paseo a diario, necesita una familia. Tiene un corazón de oro. Cuidó a sus cachorros de una forma conmovedora. Es increíble que les sacara adelante. Todos encontraron familias de acogida, menos ella. Por favor, adóptela. Se le acaban las oportunidades. Ya tiene unos cinco años. Casi nadie está dispuesto a llevarse a un perro viejo y traumatizado.

-El bulto sólo es un depósito de saliva –intervino el veterinario, un joven de barba pelirroja y semblante afable-. Se puede operar y no quedarán secuelas. Mi compañera tiene razón. Nana es especial. Sería una lástima que pasara aquí el resto de su existencia.
La perrita movía la cola por primera vez. La cuidadora había conseguido que se animara un poco, susurrándole una canción al oído.

-¿Por qué se llama Nana? –pregunté.
-Por la perrita de Walt Disney. La que cuidaba a los niños en Peter Pan. Además, le gustan las nanas. Cuando le canto una, mueve el rabito y sonríe. ¿Sabe por qué sonríen los perros?
Me encogí de hombros, levantando las cejas.
-Sonríen porque tienen alma y desean nuestra felicidad.

Media hora más tarde, circulaba con Nana por la carretera de Burgos. Los dos estábamos asustados. Los dos notábamos el sufrimiento del otro. Yo tenía miedo de fracasar una vez más. Tenía miedo de no conseguir que su tristeza se convirtiera en alegría y espontaneidad. Tenía miedo de contagiarle mi melancolía, agravando aún más su carácter introvertido. Probablemente Nana se preguntaba qué le reservaba el destino. Para ella, el futuro inmediato se había convertido en una nueva incógnita. Especulé con su pasado. Cerca de la protectora, había un poblado de chabolas. Tal vez había pasado sus primeros años en un entorno hostil hacia cualquier forma de vida, soportando palos y humillaciones, atada con una cadena, sin ninguna clase de resguardo frente al frío o el calor y con apenas unos metros para moverse. No me convencía esa posibilidad, si bien no se me ocurría ningún argumento para desecharla. Por su estampa, podía ser un cruce de galgo y labrador, un experimento de cazadores que atribuían a sus perros el mismo valor que una escopeta o quizás menos. Su resistencia a comer de la mano podía atribuirse a un adiestramiento cruel, basado en terribles castigos para evitar que mordisqueara las piezas cobradas. Sus reacciones de pánico ante cualquier estampido sugerían que nunca se acostumbró a los disparos de las escopetas. Los cazadores se deshacen de los perros que se asustan de los tiros. Si sus entrañas no están demasiado endurecidas, acaban con sus vidas de un disparo, pero si su perversa afición les ha envilecido el alma más allá de cualquier objeción moral, les ahorcan sin preocuparse de evitarles una lenta e indigna agonía. Algunos perros se salvan de la muerte y simplemente son abandonados a su suerte. Siempre he pensado que eso fue lo que sucedió con Nana, pero dos o tres años de vagabundeo son demasiados, salvo que haya pasado un período en compañía de humanos, que no mostraron demasiado interés por su bienestar.

Cuando llegamos a casa, Nana se instaló en un rincón. Le habíamos preparado una colchoneta, un cuenco de agua y otro de comida. Bebió un poco, se tumbó y no hizo amago de comer. Mi mujer le acarició el lomo y la cabeza, intentando infundirle confianza. Nana agachó las orejas y movió levemente la cola, pero ya había adoptado una inmovilidad de esfinge y no parecía dispuesta a jugar o correr por la casa. Dora, una mastina que también había sufrido la crueldad del hombre, la olisqueó con su tranquilidad de gigante sin miedo y Lord Sebastian, un enorme gato atigrado al que una niña rescató de una muerte segura, no pudo resistir la tentación de enredarse con su cola, lanzando pequeños e inofensivos zarpazos. Nana no protestaba ni se resistía. En su actitud resignada, se apreciaba la fatalidad del que ya no espera nada. Su tristeza nos apenó profundamente. Casi todos los que viven en nuestra casa han sufrido diferentes formas de maltrato. Dora soportó golpes durante años de un hombre brutal y sin conciencia, que descargaba sus frustraciones y complejos sobre su cuerpo de coloso. Mi mujer y yo nos enfrentamos a él varias veces, pero no logramos nada, salvo su odio y enemistad. Dora se fugó una mañana, aprovechando un descuido y se plantó en la puerta de nuestra vivienda. Descubrí su presencia al abrir el buzón. Me miró con ojos suplicantes y vagamente esperanzados. No lo dudé un instante. En esos momentos, Dora no era Dora, pues ni siquiera tenía nombre. Sólo era una mastina con el alma herida y el deseo de pasar sus últimos años rodeada de afecto y comprensión. Sonreí, hice un leve gesto y Dora entró en casa conmigo. Al no estar identificada, adoptarla no constituyó ningún problema. Después de pasar por la peluquería, su pelo áspero y grisáceo se transformó en un manto suave y brillante. Tenía ocho años, una edad avanzada para un perro de sesenta kilos, con sangre de mastín y pastor belga, pero conservaba una alegría infantil y un carácter bondadoso, que había obrado el milagro de preservar su fe en el hombre, pese a una vida marcada por los agravios y las vejaciones.

Dora
Lord Sebastian tenía una cita con la muerte una calurosa mañana de junio. Con apenas unos días, se había ovillado en mitad de una carretera, con los ojos cubiertos de legañas. Una niña se acercó a él, le habló con delicadeza y lo depositó en la cesta de su bicicleta. Sus padres no atendieron a sus ruegos y no le dejaron otra opción que buscarle un hogar o abandonarlo de nuevo. Después de recorrer el pueblo, se acercó a mi casa. Yo había sido su profesor y conocía mi debilidad por los seres desamparados. Lord Sebastian superó la enfermedad y creció hasta pesar siete kilos y medio. A veces, me pregunto si es un lince que ha huido de la lucha diaria por la subsistencia.  Dora y Lord Sebastian fueron grandes amigos, pese a su diferencia de edad y tamaño. Dora actuaba como una madre tardía, que compensa su falta de vitalidad con un humor sin estridencias, gracias al cual la locura de su vástago no se despeña por la temeridad y el disparate. Lord Sebastian trepaba por su lomo o se acomodaba en su estómago, feliz de sentir el calor de una montaña de ternura. Los dos fracasaron con Nana, que no abandonó su estado de melancolía, pese a sus gestos amistosos. Algo descorazonados, se echaron a su lado y no tardaron en dormirse, con la despreocupación del niño que aún confía en el efecto reparador del sueño y en la posibilidad de espantar a las pesadillas más terroríficas. Piedad y yo nos acostamos consternados, preguntándonos cuánto tiempo necesitaría Nana para apagar su dolor interior. Su abatimiento parecía infinito.

Sebastian
Durante tres días, Nana sólo abandonó su colchoneta cuando su arnés rojo la obligaba a pasear. Aceptaba la correa y caminaba a mi lado, acompañada por los pasos tranquilos de Dora, pero su aflicción no disminuía. Nuestra principal preocupación era su resistencia a comer. Parecía vencida, desesperanzada, sin ganas de vivir. No era el primer perro que recogíamos de un albergue o de la calle y hasta entonces la desconfianza inicial apenas había necesitado unas horas o unos días para desaparecer. Detrás de nuestra casa, hay una dehesa. En 2005, unos pinos minúsculos apenas contenían la desolación del páramo castellano. Sólo un arroyo escuálido rompía la monotonía de un paisaje donde prevalecían el ocre y el amarillo. En esas fechas, la primavera agonizaba y el polvo y la piedra triunfaban sobre una hilera de chopos, fresnos y álamos blancos, que dibujaban una curva en las cercanías del cementerio de Algete. Cada mañana, Nana avanzaba por la dehesa con tristeza. Su cabeza de galgo apuntaba hacia un horizonte despoblado, que sólo mudaba de aspecto en la lejanía, cuando surgían las montañas de la sierra, recortándose contra el cielo de principios de mayo. El sol aún no se había convertido en el dios implacable del verano. Todavía era posible caminar sin anhelar la sombra o el atardecer. Nana no mostraba interés en correr o jugar. Sus sentidos se concentraban en detectar cualquier señal de peligro. Al igual que Dora, había pasado su infancia entre desconocidos que les escatimaron el cariño imprescindible para adquirir aplomo y autoestima. Sin embargo, Nana había encontrado valor e ingenio para alimentar a sus cachorros. Pensé que ese impulso no podía haberse extinguido. Pensé que su interés por la vida se despertaría cuando le confesara mi desamparo,  mi terrible inseguridad, mi temor a que las pérdidas fueran irreversibles, mi nostalgia de los años anteriores a la muerte de mi padre, mi angustia ante la perspectiva de una vejez solitaria, la frustración de no tener hijos y no poder confiarles la biblioteca familiar y los centenares de fotos de mis abuelos y bisabuelos, médicos, escritores o abogados de convicciones liberales y republicanas. Nana tal vez me necesitaba, pero indudablemente yo la necesitaba mucho más a ella. No sabía que los años posteriores confirmarían esa intuición, revelando que ser hombre significa vivir cercado por el desasosiego y la incertidumbre.

La segunda noche dormí a su lado, cada vez más preocupado por su aparente anorexia. Tuve que empujarla para que subiera al sofá y se tumbara a mis pies. Ninguno de los dos concilió el sueño. En un estado de duermevela, nuestros ojos flotaban en la penumbra, preguntándose si esa oscuridad se parecía a la muerte. Al día siguiente, se repitió la misma situación. Después de recorrer la dehesa, esperando que el ejercicio estimulara el hambre, no conseguimos que se comiera un suculento guiso de arroz y carne. Al cuarto día, ya no sabíamos qué hacer. Angustiado, me senté en el suelo y no pude contener las lágrimas. Nana se asustó al escuchar mis lamentos y acercó tímidamente su cabeza, lamiéndome por primera vez. La acaricié y le supliqué que comiera. Nana hizo un molinete con la cola y jadeó levemente. Pensé que era una buena ocasión para intentarlo de nuevo. Le acerqué una albóndiga de carne y por fin abrió la boca, engulléndola tímidamente, como un niño que come a escondidas una golosina. Poco a poco, se comió todas las albóndigas y el arroz. Luego, cerró los ojos y se durmió, con la extenuación del que ha encontrado el camino de vuelta a casa, después de vagar por un paisaje desconocido, abrumado por el temor de extraviarse para siempre. Los acontecimientos casi nunca se corresponden con nuestras expectativas. Nana no superó sus miedos en los años siguientes. Sus heridas eran demasiado profundas. Cuando paseábamos por la dehesa, yo bromeaba con ella, incitándola a correr detrás de conejos imaginarios. Dora nos seguía, con gesto de complicidad. Ya conocía mis tretas y no se dejaba confundir. La artrosis le impedía correr y su estoicismo le prohibía compadecerse de sí misma. Su lengua aparecía y desaparecía. A veces, se descolgaba por un lateral y otros se demoraba en la trufa, con un gesto semejante al de Embrujada, la bruja de la serie de televisión que me acompañó durante infinitas sobremesas en una infancia encallada en las arenas negras del franquismo. Nana se mostraba tan complaciente como un niño que pretende agradar a un maestro intransigente. Sus patas largas y estilizadas enlazaban pasos de refinada espiritualidad. Su alma de galgo afloraba con cada movimiento, recordando la tragedia de unos animales tan vulnerables como una rama de cerezo en un paisaje helado. Mi asma y mi corazón cansado me obligaban a detenerme a cada trecho, buscando una piedra para sentarme y recuperar el aliento. Dora aprovechaba las paradas para aliviar el dolor de sus articulaciones, tumbándose a la sombra de un desnivel o una retama. En la estepa castellana, no hay piedad para los caminantes. Las escasas zonas húmedas están llenas de mosquitos. Es mejor evitarlas y buscar una retama compasiva, que se ondula con el viento, imitando a una niña que se asoma a un balcón y deja que el aire de la tarde juegue con sus cabellos.

Nana se limitaba a sentarse, con una mezcla de humildad y dignidad, aguardando mis indicaciones. Yo le ofrecía golosinas, galletas con forma de hueso, que enloquecían al resto de mis perritos, pero no las aceptaba. Al final, acababan en el estómago de Dora, que agradecía el regalo con unos lametones desmesurados, verdaderos diluvios de saliva que resbalaban por mis mejillas. Dora y Nana no eran cachorros, sino perras adultas. Me preguntaba cuánto vivirían. La muerte siempre es prematura e intempestiva, aunque aparentemente se demore en algunas ocasiones. La muerte se inmiscuyó en mi vida a los ocho años, arrebatándome a mi padre, sin concederme unos minutos de cortesía para despedirme de él. A los veinte años, se presentó otra vez. Esta vez fue mi hermano, que se suicidó, harto de luchar contra picos de euforia y colapsos depresivos. Nadie hablaba entonces de trastorno bipolar y yo no sabía que la enfermedad también viajaba en mis genes. El año 2005 fue particularmente doloroso. Hacia el inicio del verano, apareció la depresión y empecé a fantasear con la muerte. Pensaba a diario en quitarme la vida, pero me contenía el temor de causar un sufrimiento injustificable en las personas y seres vivos que me querían y necesitaban. No me preocupaba el destino de mis restos, pero visitaba a menudo la tumba de mi padre y la de mi hermano. Por aquel entonces, ya había muerto Julieta, un border collie que encontré en 1987 en la misma dehesa por la que paseaba con Nana y Dora. Cuando murió Julieta en 1994, soportamos la incomprensión y la mezquindad de muchas personas, que intentaron ridiculizar o minimizar nuestro duelo. Julieta manifestó síntomas de leishmaniasis a los pocos meses de que la rescatáramos de un presumible abandono. Sin microchip ni collar, deambulaba entre Cobeña y Algete, buscando una familia que le ofreciera una segunda oportunidad. Dulce y tímida, entró en casa de unos amigos, gracias a que las puertas se hallaban abiertas. Se acercó a nosotros atemorizada, pero se animó al escuchar nuestro tono amistoso. Nuestras caricias le confirmaron que había llamado al lugar adecuado. Pensamos que era una perrita mestiza. Su cara de collie contrastaba con sus orejas caídas y sus patas cortas. Con el pelo largo y blanco, una mancha y un antifaz negros insinuaban un linaje aristocrático, pero atribuimos su estampa al azar de mezclar dos o más razas. Sólo años más tarde, descubrimos que era un border collie, una raza que apenas se conocía en España por aquel entonces.


Julieta se adaptó perfectamente a vivir en un piso antiguo situado cerca del Parque del Oeste. No era menos dulce que Nana, pero su inseguridad no era tan profunda. Cuando bajábamos por Marqués de Urquijo, a veces nos deteníamos delante del portal de mi hermano, con un arco de entrada que evocaba los pasos de carruajes. Dos lámparas a cada lado, sugerían que se accedía a un túmulo funerario o al menos así lo percibía yo, incapaz de olvidar el cuerpo de mi hermano con la cabeza enterrada en un horno de cocina. Yo le explicaba a Julieta que Juan Luis se despidió de la vida el 2 de junio de 1982, abriendo las espitas del gas. Sólo habían transcurrido cinco años, pero yo soñaba a diario con su muerte. Julieta me observaba con perplejidad, advirtiendo mi tristeza. A veces tiraba levemente de la correa, como si entendiera la necesidad de continuar y no demorarse en el recuerdo de una tragedia irreparable. Sin embargo, nos encontrábamos en un escenario que conspiraba contra el olvido. El último paseo con mi hermano se produjo en el Parque del Oeste. Caminamos por la Rosaleda, ignorando que nunca repetiríamos ese itinerario. Juan Luis llevaba varios meses de baja por una depresión. Sabíamos que el suicidio deambulaba por su mente, pero nos resistíamos a aceptar esa posibilidad como un peligro real. Algunas veces intenté colarme con Julieta en la Rosaleda, pero los jardineros nos echaban atrás, recordándonos que los perros no podían acceder al recinto. Julieta y yo retrocedíamos contrariados, pero al cabo de los días lo intentábamos de nuevo, con los mismos resultados. Nos marchábamos cabizbajos, como dos almas expulsadas de un paraíso de flores rojas, blancas, azules o amarillas, adormecidas por el sonido de una fuente que barbotaba agua sin cesar.

Cuando a Julieta le diagnosticaron leishmaniasis, no sabíamos nada sobre la enfermedad. Nos apenamos terriblemente al conocer la gravedad de una patología transmitida por un mosquito casi imperceptible. Sin embargo, decidimos luchar contra ella, pese a los consejos disuasivos de algún médico de notoria insensibilidad. Durante seis años ganamos la batalla, pero el 3 de marzo de 1994 una insuficiencia renal apagó bruscamente su vida, sumiéndonos en el desconsuelo. La pena no te exime de ciertos trámites. Julieta murió de noche en una clínica de urgencias. Su estado era muy grave y el milagro que esperábamos no se produjo. Desechamos de inmediato llamar al Ayuntamiento para incinerarla con otros perros y arrojar sus cenizas a un vertedero. El procedimiento municipal nos pareció un acto de barbarie. Enterrarla en un jardín tampoco era una opción razonable, pues la ley lo prohíbe, aunque muchos lo ignoren. Alguien nos habló de El Último Parque, un cementerio de animales de compañía en Arganda del Rey inaugurado en 1983. Nos pareció una buena idea. La pena se aplacaba con la perspectiva de un descanso eterno en un lugar digno y apacible, sombreado por pinos y encinas y con un pequeño arroyo que dibujaba una curva por debajo de un pequeño puente de piedra. La ceremonia fue sencilla y emotiva. Yo leí una página de Platero y yo: “Tú, si te mueres antes que yo, no irás, Platero mío, en el carrillo del pregonero, a la marisma inmensa, ni al barranco de los montes, como los otros pobres burros, como los caballos y los perros que no tienen quien los quiera. Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal, y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verderones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante de Moguer”. Me cuesta trabajo creer que ya han pasado casi veinte años.

El último parque. Cementerio de animales de compañía. Arganda del Rey (Madrid)
Cuando Nana regresaba a casa de su paseo diario, se acomodaba en una colchoneta roja situada frente a una pequeña chimenea, casi siempre inactiva. Lord Sebastian no lograba que respondiera a sus provocaciones y comenzara a perseguirle. Después de unos minutos de carreras enloquecidas, que incluían saltos vertiginosos por encima del sofá y breves escaladas por unas cortinas agujereadas y maltrechas, repetía la misma estrategia con Dora, pero ésta prefería ejercer de madre y no de compañera de juegos. Algo apesadumbrado, Lord Sebastian desistía al cabo de unos minutos y se dormía en el regazo de Dora. Durante dos años, se mantuvo esa rutina. La muerte de Dora entristeció a Nana y  a Lord Sebastian, que se habían acostumbrado a su proximidad y a su descomunal presencia. Sus colchonetas estaban alineadas entre la chimenea y el ventanal abierto sobre el jardín. No tenían manías y las intercambiaban sin problemas y a veces las menospreciaban para subirse al sofá. Nana no se atrevía, si yo no la cogía en brazos y la colocaba a mi lado. Sin embargo, miraba hacia el exterior con más curiosidad que sus compañeros. Nada ha cambiado desde entonces. Al otro lado de la terraza, los árboles ocultan el paisaje en verano, pero cuando llega el otoño y se caen las hojas aparece la estepa castellana, con sus campos de trigo y cebada levemente ondulados por un viento áspero y frío. Cerca hay un pequeño campo de olivos y a lo lejos se observa cómo se hincha la tierra, verde en primavera y amarilla y ocre el resto del año. A veces las retamas se mueven y aparece una liebre o un conejo. En esas ocasiones, Nana ladraba con fuerza y nitidez, mientras Dora se limitaba a bostezar. Desde lo alto de una colina, las cigüeñas que anidan en la espadaña de la iglesia no pasaban desapercibidas para Nana, que las observaba con la misma atención que a los buitres leonados o a las águilas reales que sobrevolaban el valle, extendiendo sus enormes alas. Yo pensaba que Nana tenía la sensibilidad de un pintor, siempre atenta al movimiento y a las formas. En cambio, Lord Sebastian era un filósofo epicúreo, sin miedo a la muerte ni a los dioses, enredado en la búsqueda del placer, pero resuelto a no desembocar en el exceso y Dora, con su flema y serenidad, pertenecía a la estirpe de los estoicos, que cultivan la imperturbabilidad sin ostentación. Las diferencias entre Nana y Dora se esfumaban cuando sonaba la campana de la iglesia. Las dos reaccionaban con aullidos lastimeros que yo interpretaba como una llamada a un dios con la inocencia de un niño, incapaz de comprender el mundo que ha salido de sus manos.

Durante siete años, Nana y yo recorrimos un camino que excluía la dicha y el sosiego. Yo busqué la muerte en varias ocasiones, pero la muerte no me quiso a su lado. Cada reencuentro con la vida constituía un fracaso que agravaba mi desesperación. Nana no lograba desprenderse de su miedo y yo experimentaba miedo a vivir, anhelando cerrar los ojos y no despertar. Nuestras vidas parecían estancadas. Escribir se convirtió en una rutina hace un par de años. Algo me empujaba a debatirme con las palabras, rehuyendo la prosa impersonal de mi trabajo como crítico literario. No soñaba con la forma perfecta, sino con la rutina del campesino que desbroza la tierra y avanza por un surco, sin interrogarse por su destino. Poco a poco, la angustia y el desconsuelo se apaciguaron, pese a eventuales retrocesos, que me hundieron en la desolación y casi me obligan a desistir. Sin embargo, las palabras me rescataron una y otra vez. Nana poco a poco comenzó a moverse por la casa, cada vez con menos inseguridad. Su mejoría se hizo evidente cuando seleccionó tres títulos de mi biblioteca y los mordisqueó sin compasión. Las Confesiones de San Agustín, Vocación y ética de Gregorio Marañón y Los nogales de Altenburg de André Malraux amanecieron con heridas mortales en el lomo, la cubierta y las hojas de cortesía. Mentiría si dijera que no me afectó un poco, pero no la regañé.  No lo lamenté por San Agustín. A fin de cuentas, afirmaba que los hijos heredan la culpa de los padres y que las antípodas están despobladas, pues si alguien habitara en su superficie tendría que vivir cabeza abajo. Lo lamenté por Gregorio Marañón, que atribuía el carácter sanguinario de los españoles a la nefasta influencia de los toros, y por André Malraux, un mitómano que alteró los hechos de su biografía para legar a la posteridad la imagen de un hombre de acción, doblemente comprometido con la literatura y la política. No se me pasó por la cabeza imponer un castigo a Nana. No tenía derecho a cuestionar sus fobias literarias ni a reprenderla por un gesto que me recordaba la precariedad de cualquier bien material o espiritual. Afligido por no tener hijos, muchas veces me he quejado del incierto destino de mi biblioteca, algo más de diez mil volúmenes con infinidad de dedicatorias. ¿Qué sucederá con las cincuenta novelas con la caligrafía minúscula de Pío Baroja, dedicándole el ejemplar a mi padre? ¿Dónde acabarán las primeras ediciones? ¿Alguien apreciará el valor de las cartas manuscritas de Pablo Neruda? ¿Se extraviarán los álbumes con los artículos de prensa y las entrevistas realizadas a Valle-Inclán, Villaespesa o Manuel Machado? Al examinar los restos de los libros vapuleados por Nana, sonreí y pensé que el tiempo era una rueda implacable, que nunca se desvía de su camino. El olvido triunfa sobre cualquier anhelo de inmortalidad. Por eso, hay que aprender a despojarse de las cosas, sin experimentar sentimientos de duelo. Por eso, hay que decir adiós sin ruido, evitando desgarros inútiles. Vivir no es ver volver, sino contemplar cómo todo se deshace, sin dejar otra huella que unas pocas palabras. Nana y yo tal vez sobrevivamos en las palabras, pero no será para siempre. Las palabras también se desvanecerán como una vieja pintura hundida en la penumbra. Las palabras sólo son un río que muere algo más tarde. La eternidad sólo es una quimera que esconde nuestro temor de no ser más que una brizna de ser en el viento. Somos tiempo. Somos tierra, barro, espuma. Somos la nube y el pájaro que conciertan su movimiento en un cielo moribundo. Somos una hebra de luz que palpita en la oscuridad. Vivir es morir con cada latido. Vivir es saber que no hay absolución para nuestros afectos. El amor no es un espejismo, sino una estancia luminosa que te hace soñar con una interminable primavera, pero ese ensueño no puede abolir la certeza de que el invierno es la única realidad perdurable. Aunque a veces se demora, sus aguas heladas siempre desbordan los márgenes de nuestra esperanza, sepultándolo todo en una quietud silenciosa e inapelable. Lamentarlo es tan inútil como implorar no haber nacido. Lamentarlo es no saber que nuestra vida se escribe en el agua y se extingue en un rumor de sombras. Es el precio de existir. Es el precio de amar, contemplar, añorar, recordar. Nana y yo seremos polvo, pero al menos nos habremos bañado durante un instante en la corriente del ser. Eso es todo y no es poco.

La aparición de Bella y Olivia fue un verdadero milagro en nuestras vidas. Bella llegó a casa después de una visita casual al veterinario. Una vecina de un pueblo cercano había presenciado cómo la arrojaban desde un coche en marcha. Sólo era una perrita recién nacida, con los ojos cerrados. Sobrevivió gracias a sus huesos flexibles e inmaduros, capaces de soportar el impacto contra un matorral providencial. Bella era tan hermosa como una flor de almendro. La vecina que la había rescatado aseguraba que no podía cuidarla. Se le saltaban las lágrimas, afirmando que vivía en un piso de alquiler, que prohibía los animales de compañía. Me la llevé a casa, avergonzado de pertenecer a la especie humana. Durante algo más de un mes, hubo que alimentarla con biberón y estimular sus genitales para que vaciara la vejiga y los intestinos. Nana y Dora se turnaban para lamerla y se mostraban felices cuando dormía en su regazo. Poco después, visité una cuadra y me encontré a un cachorro de tres meses infestado de garrapatas, durmiendo entre la paja y expuesto a los cascos de los caballos. Esa noche su lecho se transformó en un sofá situado bajo una ventana de mi casa. Negra y esbelta, su figura mezclaba la espiritualidad del galgo y la agilidad del podenco. Decidimos llamarla Olivia. El flechazo entre Bella, Olivia y Nana fue inmediato. Se convirtieron en inseparables y se aficionaron a pasar la mayor parte del día en el jardín, corriendo entre las higueras, los chopos y los prunos. Nana no se liberó de sus miedos e inhibiciones, pero parecía menos atemorizada. Cuando hace unos meses, aparecí con Marta, una scottish terrier de unos cinco años abandonada cerca del embalse de El Atazar, Nana fue la que se encargó de introducirla en la manada. Después de olerla e incitarla a jugar con sus patas delanteras, Marta comprendió que se hallaba en un lugar seguro y amistoso. En aquel momento, no sospechábamos que el cáncer ya preparaba su asalto mortal.

De izquierda a derecha: Nana, Bella, Olivia. Al fondo, unas pajareras, con periquitos y agapornis.


4 de enero de 2016

¿Qué se siente al ser vieja?


El otro día, una persona joven me preguntó:-¿Qué sentía al ser vieja?-

Me sorprendió mucho la pregunta, ya que no me consideraba vieja. Cuando vio mi reacción, inmediatamente se apenó, pero le expliqué que era una pregunta interesante. Y después de reflexionar, concluí que hacerse viejo es un regalo.

A veces me sorprendo de la persona que vive en mi espejo. Pero no me preocupo por esas cosa mucho tiempo. Yo no cambiaría todo lo que tengo por unas canas menos y un estomago plano. No me regaño por no hacer la cama, o por comer algunas "cositas" de más. Estoy en mi derecho de ser un poco desordenada, ser extravagante y pasar horas contemplando mis flores.

He visto algunos queridos amigos irse de este mundo, antes de haber disfrutado la libertad que viene con hacerse viejo.

-¿A quién le interesa si elijo leer o jugar en la computadora hasta las 4 de la mañana y después dormir hasta quien sabe qué hora?-

Bailaré conmigo al ritmo de los 50's y 60's. Y si después deseo llorar por algún amor perdido...¡Lo haré!
Caminaré por la playa con un traje de baño que se estira sobre el cuerpo regordete y haré un clavado en las olas dejándome ir, a pesar de las miradas de compasión de las que usan bikini. Ellas también se harán viejas, si tienen suerte...

Es verdad que a través de los años mi corazón ha sufrido por la pérdida de un ser querido, por el dolor de un niño, o por ver morir una mascota. Pero es el sufrimiento lo que nos da fuerza y nos hace crecer. Un corazón que no se ha roto, es estéril y nunca sabrá de la felicidad de ser imperfecto. Me siento orgullosa por haber vivido lo suficiente como para que mis cabellos se vuelvan grises y por conservar la sonrisa de mi juventud, antes de que aparezcan los surcos profundos en mi cara.

Ahora bien, para responder la pregunta con sinceridad, puedo decir: -¡Me gusta ser vieja, porque la vejez me hace más sabia, más libre!-.

Se que no voy a vivir para siempre, pero mientras esté aquí, voy a vivir según mis propias leyes, las de mi corazón. No pienso lamentarme por lo que no fue, ni preocuparme por lo que será. El tiempo que quede, simplemente amaré la vida como lo hice hasta hoy, el resto se lo dejo a Dios.

Anónimo

21 de septiembre de 2015

ESTO ES PARA TI, PRINCESA ANARCOPUNK


Esto es para ti. Es lo único que puedo darte. Eres la niña que no he tenido. Eres el dolor que se hunde en mi costado. No me dueles tú. Me duele que no hayas salido de mí. No me importa que hayas venido al mundo en otro lugar, pero a veces pienso que el tiempo nos separará. El tiempo no suele ser compasivo. El tiempo no entiende de afectos.

Esto es para ti porque tu corazón no ha fingido un falso amor. El amor entre padre e hija es la fuente que alivia la vejez, el frescor que penetra por la ventana y espanta el miedo y la soledad. Esto es para ti porque haces renacer al árbol yerto, que había agachado la cabeza para hundirse lentamente en la tierra. Gracias a ti, el árbol ha reverdecido, ha levantado los ojos y sus ramas tienden sus manos hacia un cielo ebrio de claridad.

Esto es para ti porque me has ayudado a saltar la última tapia, esa hilera de piedras que me impedía adentrarme en la montaña, buscando el sonido del agua. Has sostenido mi cuerpo cansado y no te has impacientado porque necesito tres pasos para igualar cada uno de los tuyos. Me has agarrado del brazo y te has convertido en un hermoso báculo, que no cesa de florecer e hincharse como un almendro en flor. Tus dedos son nardos que perfuman mis sueños. Tu cuerpo es aire, sol, mar, viento que dora la carne, sin quemar la piel. La piel de los ancianos es un pergamino que apenas puede doblarse sin romperse en mil pedazos, pero tus yemas resbalan por las palabras prolongando su vida un poco más.

Esto es para ti porque tu pecho derrite el hielo. El hielo que enfría el alma empezó a formarse con las primeras pérdidas, pero gracias a ti comienza deshacerse. Tu pecho es el consuelo de los niños tullidos, el amor que te rescata del olvido, el coraje que te devuelve a tus seres queridos. Tu pecho rebosa vida. Cada latido es como una ventana que te muestra el triunfo de la primavera sobre el oscuro invierno. La muerte se queda sola cuando tú apareces rodeada de niños. Los niños sanos trepan por tus piernas y se divierten con tu pelo llameante, pero tú siempre miras hacia atrás, buscando a los niños rezagados, que te siguen con sus muletas, suplicándote en silencio que nos les olvides.

Esto es para ti porque haces que las muletas y los bastones hagan el ridículo. Los bastones y las muletas apenas pueden competir con tu risa, que empuja con la fuerza de un beso en las mejillas. Un beso es un fenómeno de la naturaleza. Las hijas que besan a los ancianos y a los niños tullidos les liberan de su melancolía. Un beso es un soplido en la nuca, que te despierta dulcemente de la siesta. Un beso es una pirueta que hace sonreír a los cuerpos fatigados, donde el tiempo conspira contra los recuerdos. Un beso es una caricia que enciende los ojos de un perro vagabundo.

Esto es para ti porque haces que las entrañas de la tierra honren a sus muertos. Los muertos que yacen bajo cunetas anónimas piensan que su muerte sirvió para algo. Morir mereció la pena para que nacieran muchachas con el pelo encarnado, donde se cobijan los niños hambrientos. Tu pelo es una lengua de fuego que baja hasta el mar. El mar arde porque las chicas ya no acuden a las playas enlutadas, con la carne tristemente blanca. Las chicas de pelo rojo lanzan gritos de gozo, que se alzan como altas empalizadas, conteniendo el dolor de los infortunados. El dolor se ahoga en el mar. Las algas se enredan en sus tobillos y no le permiten sacar la cabeza para respirar.
Esto es para ti porque este verano empezaste a leer lo que escribo. Esto es para ti porque amas a los perros, los ancianos y los mendigos. Esto es para ti porque tu alma tiembla de ira cuando alguien hace daño a los que han sido maltratados por la vida. Esto es para ti porque amas la vida y renuevas tu amor por las cosas cada día. Esto es para ti porque no te avergüenzas de tu carne. El cuerpo declina y nos hace sufrir, pero hasta que eso suceda nos acompaña en todos nuestros juegos. Esto es para ti porque aún no se ha escrito la historia de las chicas de pelo rojo que se enfrentan al mundo con un parche de filibustero. Esto es para ti porque has apreciado la belleza de los humillados y los vencidos. Esto es para ti porque no te acobardas cuando la España dura, sempiterna, la España que calcina los campos con su odio y fusila a sus poetas en barrancos sembrados de olivos, muestra sus pequeños ojos resentidos, impacientes por añadir más sufrimiento a un mundo extenuado y doliente.

Esto es para ti porque me has prometido sentarte a mi lado para contagiarme la luz de tus ojos. La luz de una juventud que ilumina el último tramo de una existencia fatigada. Esto es para ti porque el amor de una hija es tan puro como una incruenta partida de parchís, donde perder significa celebrar que otras manos se han cruzado con las tuyas, mientras empujaban las fichas por un pequeño tablero de colores. Esto es para ti porque todos necesitamos unas manos que nos ayuden cuando la edad nos impida subir unas escaleras, abrocharnos un abrigo, atarnos los cordones de los zapatos o leer el prospecto de una medicina con sabor a rayos. Esto es para ti porque amas Up, porque te habrías subido a la casa volante del viejo Carl para realizar el sueño de Ellie. Esto es para ti porque tu alma se parece a las cataratas Paraíso. Tu alma parece lejana, estruendosa y cambiante, pero sólo hay que acercase a ella para escuchar un rumor rebosante de ternura.

Esto es para ti porque tus palabras han ahuecado mi almohada y esta noche he dormido sin pensar en la muerte, la vejez y la soledad. El futuro es impredecible, pero el presente es hermoso. Es hermoso gracias a ti, que has nacido de otra carne y otro costado, pero que de alguna manera ya estás fundida con mi porvenir. Puede que no estés a mi lado en la última hora, pero la última hora no será tan amarga porque tus palabras ya están dentro de mí.
RAFAEL NARBONA

http://rafaelnarbona.es/ 

25 de junio de 2014

Diez años después


 Como todo, en la vida, se termina. El sueño se evapora y las ninfas de la escritura descubren que nunca serán aquello que en algunos momentos, llegaron a creer. Algunas quisieron continuar y se erigieron como notas musicales, siete, y siete son las notas Do, Re. Mi, fa, sol, la, si... Cada una en la suya se lanza al aire y brota la música, breve, pero intensa... Todas ellas hoy se diluyen entre mares revueltos y luces brillantes. Todo sucede entre sombras y claros difíciles de controlar. Se lanzaron al viento, eufóricas, llenas de promesas ... pero sus vidas, no son sólo suyas, la realidad siempre se impone es otra y nada se puede contra ella, es como esa losa que todo lo aplasta por más que uno no quiera .

 El encuentro

 El día siete de junio, el convento de Santa Clara se engalana para conmemorar ese décimo aniversario. Cada uno, desde si mismo, se cree poder volver a encontrar igual que en sus inicios. 
Allí se reúnen los sueños... Todos, de nuevo buscan aquello que vivieron en un mismo tiempo, pero cada cual desde su deseo. Se rompen rutinas ya para buscar sueños, ya para encontrarse así mismos, ya para conocer algo diferente. El embrujo surge, les envuelve... es el convento, será esos espectros que allí moran, sueñan... Todo será hermoso y satisfactorio puesto que lo que se busca está en la palabra... la palabra hecha obra y empresa, la palabra que escrita recrea, la palabra que crea, inventa y trasforma la verdad en sueños, sueños de buena fe, pero al fin... sueños. Pau, Teresa, Dolors, Paloma, Elena... Todos estaban allí era su encuentro.. quizá con ellos mismos... con lo demás ¿Buscan resurgir el mismo inicio? O quieren revivir el embrujo, como si todos esos años no existiesen o no hubiesen pasado y todo fuese igual ¿lo era...? 


 Resurge

 Resurge entre todos, cuando se habla de ella, el recuerdo de una compañera (Rosa Cano) ha dejado ya de estar entre todos. Una alumna, como todos, con sueños y deseos. Pero el suyo se cumple, se queda en su sueño, escribe y publica, ya es una escritora y además, buena. Un fin, no esperado tan pronto (es ese golpe bajo que la vida da sin avisar), no es bien recibido, pero aún así se asume, se acepta... 
Eso sí, su obra se queda, ya existe es, su relato. Pasó, como todos, pero no está entre nosotros, sólo es su deseo... 

Nunca será igual, pero lo que pasó queda vivo entre nuestros recuerdos. 
Una nota es su historia 
 “mi” 

Beatriz Mejias Herrera

13 de octubre de 2013

Bronte : Beguinas

Bronte : Beguinas: L as beguinas encarnan una de las experiencias de vida femenina más libre de la historia. Laicas y religiosas a la vez, vivieron con una ...

3 de diciembre de 2012

Mi cuerpo ya no es mi cuerpo



Mi cuerpo, ya no es mi cuerpo,
es más, el de alguien que está muerto.
Inmerso en una metamorfosis
creada por todos ellos.
Me han robado el sueño.

Despierta, siempre despierta
para escuchar los silencios.

Quisiera descansar de todo esto
y no me dejan hacerlo,
les pido, les ruego
y siguen sin entenderlo.

Sonríen, gestos y más gestos
perdidos en los tiempos. 

Un ir y venir de sentimientos
se pasean por este dormitorio,
cargados mayoritariamente de miedos.

No quieren ver ni escuchar
lo que en mis ojos les muestro. 

Callo ,silencio, siempre silencio
y un llanto disfrazado de sonrisa ofrezco. 

Sus ojos y mis ojos
cómplices de esos silencios,
sus palabras y mis palabras escritas
pululan sin un lugar concreto.
y sigo esperando ante un mar incierto,
donde dicen que se cumplen los sueños,
entre la música del universo.

Ya ni estremecerme puedo
solo derramar este llanto perpetuizado y reseco,
cuando en la noche me pierdo,
entre un pasado, un presente
y un futuro negro, muy negro,
en la espera de que alguien me ayude
en algo que yo no puedo.

Estoy cansada de no haber vivido,
y descansar, es lo que necesito.