18 de febrero de 2012

Jazzman




Eran las tres de la mañana, la juez Helen Richok y el forense a su cargo acababan de levantar el cadáver de otro indigente. Regresaron al juzgado en el coche oficial. En el rostro de  los policías se podía ver signos de tedio mientras veían alejarse el furgón del Instituto Técnico Forense

e fui perdiendo. Mi conducta fue siendo cada vez más caótica por la continua mezcla  de  drogas y alcohol.  Con  el tiempo esa mezcla restaría a mi mente  momentos de lucidez. Las grabaciones y giras musicales, no eran las de antes, ni mucho menos. Por lo que un día, tomé la decisión de marcharme, escapando de ese mundo que había conseguido asfixiarme.
Mi equipaje,  se redujo tan solo una botella de whisky y al saxofón  que de niño me regaló mi padre, aun olía a chatarra y alcohol barato.
Regresé a esa parte de la ciudad de la que la que salí  siendo un adolescente. Tras mucho caminar, mis pasos se detuvieron ante un edificio. Me senté en los escalones, mugrientos y malolientes  de la entrada.  Eché un trago a la vez que una persona que subía esos mismos escalones se me quedó mirando  con recelo, por lo que yo le sonreí.. Eché una ojeada a mí alrededor  y volví a beber. Todo y nada había cambiado en aquel lugar me dije, evocando los momentos que pasé  sentado allí de niño, solo, tocando la armónica que me regaló el abuelo Louis o arrancando sonidos  a ese primer saxofón.
Los graffitis, las amenazas seguían decorando las paredes. El color del aire seguía siendo gris escondido.
Yo había sido un joven de espíritu melancólico. Un bicho raro para algunos. La música fue mi vida. Tanto ella como yo nacimos para encontrarnos  en una libertad absoluta. Soñé con llegar a ser unos de esos “jazzmen”  a  los que  tanto mi padre como yo  admirábamos.
Dichos  recuerdos me nublaron mis ojos. Me puse en pie y me dispuse a subir  los tres pisos que me separaban  del apartamento en el que habíamos vivido. En realidad no sabía qué hacía allí. Mis padres hacia años que habían muerto, y mi hermana Marie, hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. No les hubiera gustado verme vestido de perdedor.
En mi mente volvieron a reproducirse  las discusiones y riñas de mis padres. Sus voces parecían seguir tras esa misma puerta mugrienta y desconchada. Mi abstracción duró poco, fui asaltado por un niño que  huía  de alguien y  que, con unos enormes ojos colmados de curiosidad, se me quedó mirando. Le sonreí, me sonrió, hasta que entre palabras amenazadoras su madre lo rescató de mí.
Volví   a bajar las escaleras. El pasado  en esos momentos  llegó a resultarme  tan cercana que, con tristeza, salí a la calle a continuar el camino.
A pesar del tiempo el barrio no había perdido sus señas de identidad, prostitutas, borrachos, camellos y esos mendigos que, como yo, deambulaban por las calles pintando un paisaje desolador.
Necesitaba vivir en la calma del que se deja llevar. Me llegué a  convertí en un indigente, en uno más, de los muchos  con los que me cruzaría  a diario. Ya apenas quedaba algo de aquel hombre que había tocado en los mejores locales del mundo. El más grande improvisador de toda la historia del jazz, según los críticos. Solo se podían ver de él sus escombros.
Casi sin proponérmelo  aprendí muchas cosas. Hacía tiempo que había dejado de sentir pudor  al extender la mano para pedir ,o poner un recipiente en el que pudieran echarme unas monedas a cambio de mi música, con las que comprar whisky con el que adormecer mis pensamientos. Al igual que otros, me dediqué a recoger colillas del suelo o cartones con los que poder arroparme en las frías noches.
Una noche, a la salida del metro, me dediqué a caminar por esa parte de la ciudad en la que todo consigue cambiar de nombre y de sentido,  en la que conviven  ángeles y  demonios vencidos, fui atacado por alguien. El alcohol me impidió reaccionar. Apenas  pude ver el rostro de mi atacante. Sólo me fije en que le temblaba la mano que sostenía una pistola, una treinta y ocho, escuché decir a los policías horas mas tarde.
Me pidió repetidas veces que le diera todo lo que llevaba encima. Empecé a ser consciente del peligro que estaba corriendo. Le pedí que se tranquilizara, que no tenía nada que pudiera valer la pena. Advertí como ese joven se fijaba en mi saxofón. Sentí un escalofrío, sabía lo que esa mirada significaba ante la urgencia de una necesidad.
No fui consciente del disparo, solo del fuego que empecé a sentir en el vientre. Mis manos sujetaron con desesperación para calmar ese fuego, sin conseguirlo. Empecé a sentir frío. Las piernas ya no conseguían sostener el peso de mi cuerpo. Estaba sintiendo el íntimo roce con la muerte.   Necesitaba un trago, lo necesitaba más que nunca. Me desplome  entre los cubos de basura atrayendo ratas y algún que  otro gato famélico.
Enfrentarme a la muerte me hizo recurrir  a una de las oraciones que mi vieja me enseñó de niño  al acostarme. No conseguí recordar más que el principio. El frío iba siendo mucho más intenso.  Las luces de mi cerebro habían empezado a  ir  apagándose lentamente. 
¿Cuánto tiempo transcurrió desde que  recibí ese disparo, hasta que llegó la policía? No lo sé.
Sólo sé que llegó la policía y se dedicó a buscar  en mis bolsillos algo que les permitiera identificarme. Pero  solo encontraron la botella de whisky en el bolsillo de la chaqueta medio vacía y la boquilla  de un saxofón.

16 de febrero de 2012

Lo que quiero ahora


erá porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

-Angeles Caso-

15 de febrero de 2012

Como petalos resecos



Caen uno a uno pétalos resecos
como gotas de agua
sobre esas arrugadas y áridas sábanas
que representan una vida
Uno a uno lentamente
como esos finos granos de arena
de un reloj que impasiblemente
marca el ayer, marca el hoy,
y tal vez este ya marcando un mañana…
Despierta, miro esa almohada
sobre la que soledad aun duerme
y no logro despertarla.
Seguirán cayendo pétalos resecos
mezclándose con esos deseos esparcidos
por esas mismas arrugadas y áridas sabanas
con aroma al silencio.
de todas mis madrugadas

14 de febrero de 2012

Te regalaría


Te regalaría
mis transparentes caricias,
mis susurrados besos,
mis adormecidas maneras.
Todo eso te regalaría
en ésta latitud en la que me hallas,
sobre la que llueven
estos silenciosos conjuros.
Tú que lanzaste la vida sobre mí
aquí me tienes,
toma esto que te ofrezco.
Mírame, saboréame, huéleme
Y si lo deseas esparce caricias
sobre mí adormecido cuerpo.
Hazlo pronto, hazlo antes
de que se rompa el hechizo
y regresen a ti, ésos tus oxidados miedos.

7 de febrero de 2012

Volver a respirar


Volver a respirar
la flor que crece en mi.
La sequía de estos momentos
se la podría llevar y dejar en su lugar
esta tristeza que converge
con mis idas y venidas.
Los dolores se acallan,
no son nada al serlo todo.
Nacen dudas, que se revisten
de esos miedos que oculto
intentándolos olvidar.
Volver a respirar.
Colmo de aire mis pulmones,
para volverlo expulsar y
encontrar en ello la paz…
esa paz que  necesito cada día más y más .
Este  jardín que es mi vida
de hojarasca  esta lleno
y he de volverlo a limpiar .
Necesito para ello que renazca
una vez más la esperanza
de que todo lo que  viene, se va.

4 de febrero de 2012

“Un bei di vedremo”


Siento la gran necesidad de perderme 
en la belleza de la música, me seduce
y de puntillas con cuidado camino
sobre esas notas musicales,
que emergen profusamente
de cada uno de los instrumentos.
Sus altos y bajos me acarician.
La aguda  voz de la soprano
me tiende su calida mano y avanzo
entre  “Un bei di vedremo”
 y me estremezco.
Me arrebujo entre mis propias emociones
impregnadas de melancolía. 
Mis ojos brindan con las lágrimas.
Esas impactantes notas 
 me liberan , me ofrece las alas 
con las que transformarme en un centauro.


3 de febrero de 2012

_ Como un rito entre mis manos _

Un rastro de luz
va iluminando mi rostro.

Entre mis manos, una mañana más
como parte de un rito;
una taza de humeante café.
Fuera en la calle está  lloviendo,
se puede escuchar su sereno sonido.

Un bostezo se me escapa.
Acerco a mis labios esa taza de café, su aroma y sabor emergen
creándose así un sublime momento
que nunca será el de mañana, ni el de pasado mañana...
                                    
Un opaco paño de vaho cubre el cristal de la ventana.
Uno de mis dedos en silencio
ha ido  dejando   garabatos  . 


Tomo otro trago , aun muy caliente .
Sonrío y tras esa sonrisa y recogimiento
me sumerjo en un halo nostálgico
que me impregna de sensaciones.

Regreso...del otro lado.

Escucho el repiqueteo de la lluvia.
En cristal  siguen esos mismos garabatos 
que con un cariz  infantil  había dejado.
 
Cojo la taza , la elevo  hasta mis labios 
tomo un sorbo de ese café, 
que en el transcurso de mi ausencia se ha enfriado.