24 de septiembre de 2011

Su obra en mi cuerpo



Conversábamos desnudos sobre los grandes almohadones. Sus manos acariciaban mis pechos y sus dedos se entretenían en ir dibujando  círculos invisibles alrededor de las rosadas aureolas de mis pezones …

Hacía  tiempo que él había  tratado  de convencerme para que posase  para uno de sus cuadros. Creí que se trataba de una broma, pero ante su insistencia comprendí que dicha   proposición iba completamente en serio. Rehúse  hacerlo mi pudor no me lo permitía. Acabé respondiéndole  que me lo pensaría. Posar desnuda como sus otras modelos, no era algo que me apeteciese, mi cuerpo ya tendía a descolgarse por la edad. Me  dediqué  a mirarme desnuda ante el espejo de mi dormitorio una y otra vez, viéndome en ese receptáculo de cristal una vez mejor que otras.  
Pero acabe haciéndolo, me costó mucho dar ese paso, pero lo conseguí. Cuando se lo dije, apenas pude mirarle y él que me conocía  desde hacía tiempo, sabía lo mucho que me estaba costando acceder a su petición. Intentó restarle importancia al tema  y con la ayuda de varios bit bíters   y en un tono jocoso dimos el tema por zanjado por el momento.
Llegado el dia de ese posado que me tenía tan alterada.   Me indicaste sin siquiera mirarme,  que una vez me hubiera deshecho de la ropa tras el biombo, me fuese a tumbar sobre los almohadones y el futón chino. Como un autómata, hice todo lo que me había dicho. Tarde  en desnudarme. Me costó terriblemente  salir de detrás de aquel parapeto de madera mostrando mi desnudez ajada. Es cierto que en ningún momento él me recrimino mi tardanza. Sentí  que me echaba fuego la cara. Me imaginé  el sonrojo de mi  rostro en comparación a la tonalidad nívea del resto de mi cuerpo. Con  una de sus sonrisas entre picara y malévola  me dijo que estaba preciosa y a continuación me rogó que intentara relajarme. Las manos no dejaron de moverse intentando tapar  algo imposible de tapar de mi cuerpo, ante la sonrisa de él . Lo que me hacía sentirme  ridícula. Cualquier  jovencita lo hubiese hecho con el desenfado y naturalidad al que suelen estar  acostumbradas. Mientras pensaba en eso, él se me había acercado sin que yo lo  hubiese advertido.  Me tomó de una de las manos y me llevó hasta el futón y los almohadones  de colores para hacerme tumbar sobre el.

Sus  manos fueron paseándose por mis hombros, mis pechos, mis caderas con toda naturalidad.  Buscaba  luces y sombras. Intenté ocultar mi turbación, algo que me temo no fue posible, pues su cercanía me tenía muy alterada. Mi piel temblaba bajo cualquier de sus contactos. Preferimos no mirarnos. Una vez que me había conseguido  situar mas o menos como era su deseo , se  puso en pie con una gran agilidad y se dirigió  con su caminar característico cargado de decisión hasta un mueble medio roto que se encontraba en una de las esquinas del estudio, sacando de el una botella de vino tinto y dos copas polvorientas , que tuvo la delicadeza de limpiar con uno de los trapos con rastros de pinturas multicolor , lo que me hizo reír , dejándolo asombrado por no saber que había motivado esa risa.
Tomamos varias copas de vino, conversamos de nimiedades. Se puso sus lentes  y se  apoyó sobre un taburete  para ir  tomando apuntes  y más apuntes sobre un bloc,  unos validos y otros que acababan  rotos entre maldiciones.
No estaba acostumbrada a beber alcohol y el  vino había comenzado  a recorrer mis venas, alejando de mi mente el pudor.  Mientras  él manchaba el lienzo con trazos enérgicos,  mi imaginación ya un tanto enfebrecida le despojó de aquella camisa de cuadros medio rota y  manchada, ofreciéndome un pecho desnudo con restos de la hermosura de la juventud. Su piel tostada y su  vello  me atraía, me incitaban a recorrerlo, besarlo acariciarlo... volví a reír ante dichas imágenes y el  cosquilleo tan  agradable que estaba sintiendo entre los muslos. Apure de un trago el  resto del vino que quedaba en mi copa y volví a sentir como me ruborizaba al ver que él me había estado observando de reojo. Mi agitación se fue acrecentando por momentos.  Me preguntó si deseaba descansar, cambiar de posición, cosa que le agradecí inmensamente.

Volvió a llenar mí copa desoyendo mis negativas. Por unos instantes quedamos uno enfrente al otro. Con uno de sus dedos retiro un mechón de cabello de mi rostro. Nunca me había mirado como lo estaba haciendo en ese instante. Se inclinó sobre mí, besando ligeramente uno a uno mis pezones, lo que dificultó mi  respiración. Esos primeros besos estuvieron revestidos  por una calma que no llegó a durar mucho, dándole paso a la impaciencia del deseo. Sus  manos, sus dedos manchados de óleo y  olor a trementina se perdieron entre mi abundante cabello rizado atrayéndome con fuerza. Se fue produciendo una transfiguración en su rostro, que me asusto y me excito a la vez.

Sobre aquel montón de almohadones,   separó mis piernas sin brusquedad y acercando su rostro hasta ese punto empezó  a lamerme, a sorberme y a mordisquear mi clítoris. Mis manos se aferraron a su  cabeza, apretando su rostro contra mi pelvis. Aquello estaba enloqueciéndome, arrancándome fuertes gemidos. Lo  deseaba. Me incline hacia a él  para quitarte la camisa manchada de pintura, luché con aquella hebilla del cinturón que se resistía ante mi nerviosismo. Una vez desnudo, Besaste mis ojos, mis labios, introduciendo tu lengua en esa cavidad húmeda y entrelazándose a mi lengua. Nuestros cuerpos se fueron sintiendo el uno al otro. Mis pechos parecían estar echando  fuego. Nuestras respiraciones ahora eran roncas. Te pusiste de rodillas sobre mi cintura. Apresé tu miembro entre mis manos y lo acaricié, sintiendo como la sangre borboteaba bajo aquella piel tan sensible, lo frote una y otra vez, lo lubrifique con abundante saliva, lo que hizo que se me escapase de entre las manos una y otra vez. Acerqué mis labios hasta su  prepucio que roce con ellos, mientras tu esperabas con impaciencia que me la introdujese en la boca, una vez lo hice, tu espalda se arqueo victima del placer que estabas sintiendo. Gimió de nuevo  y se mordisqueo los labios. Mi desinhibición  estaba culminando. Nunca creí poder llegar a realizar aquello.  Levanté su  miembro para jugar con tus testículos, lamiéndolos, mordisqueándolos, traviesamente, metiéndolos por entero dentro de mi boca, lo que te hizo que su cuerpo se convulsionara repetidas veces. Ahora el olor a trementina y a pintura se confundía con la del aroma a sexo que destilaban nuestros cuerpos. Sumidos en el vértigo del deseo. Se levantó  como por efecto de un resorte y dirigiéndose  hasta tu mesa de trabajo, recogió unas cosas, regresando de nuevo conmigo. Advertí que en tus manos llevabas tubos de pinturas. Mi mirada curiosa y expectante siguió cada uno de tus movimientos. Echaste un poco de cada uno de aquellos tubos sobre distintas partes de mi cuerpo, sentí como aquella cremosidad tan fría había conseguido excitarme más. Tus dedos como si fueran pinceles arrastraron tras de si aquellos colores, que irían recubriendo mi piel con dibujos delirantes. Mi vientre se convirtió en segundos en algo parecido a un lago verde esmeralda, mis pechos brotarían bajo tonalidades calidas y enervantes como bocas llameantes. La entrada de mi sexo se transformó en una enorme boca de labios incitantes. Una vez terminaste con aquella forma tan singular de provocarme, me miraste a los ojos y bajando esa mirada hasta mi coño en forma de boca, pusiste ante ella tu enorme y exultante miembro, su roja cabeza besó aquellos labios tras los que se escondía la entrada a ese lugar en el que el fuego seria aplacado por la humedad de los jugos de su sexo. Arrastrando tras la transpiración de tu piel parte de tu obra pictórica. Entraste una y otra vez en esa oquedad, embistiéndome incansablemente, arrancándome gritos confusos entre el dolor o el placer más intenso. Enajenada me provocaba a mi misma, estrujando con las manos mis pechos, con excitados pellizcos a mis pezones, arrancándoles el color carmesí que él les habías prestado. Cuando supo que ibas a correrse, aferró  con fuerza mis nalgas dominadoramente, arremetiendo ésta vez con mucha más fuerza, hasta que sus testículos se clavaron reiteradamente en mi coño, produciendo un singular sonido. Por fin te derramaste salvajemente en mis entrañas, surgiendo de tu garganta una especie de alarido triunfante. Yo con las uñas aún clavadas en tu espalda, disfrutaba del fluir de aquel líquido caliente que salía de esa oscuridad para deslizarse por mis muslos.

Exangües y jadeantes quedamos sobre aquellos revueltos almohadones, el uno en brazos del otro, sin que su miembro hubiera salido de mis adentros. Así esperamos a la normalización de nuestros cuerpos. Nunca imagine cuando me pediste que posara para ti, que me vería inmersa en algo parecido. Una vez salio de mí, pasamos un tiempo mirando el techo en silencio. Conversábamos desnudos sobre los grandes almohadones. Sus manos acariciaban mis pechos y sus dedos se entretenían en ir dibujando  círculos invisibles alrededor de las rosadas aureolas de mis pezones …

Hacía  tiempo que él había  tratado  de convencerme para que posase  para uno de sus cuadros. Creí que se trataba de una broma, pero ante su insistencia comprendí que dicha   proposición iba completamente en serio. Rehúse  hacerlo mi pudor no me lo permitía. Acabé respondiéndole  que me lo pensaría. Posar desnuda como sus otras modelos, no era algo que me apeteciese, mi cuerpo ya tendía a descolgarse por la edad. Me  dediqué  a mirarme desnuda ante el espejo de mi dormitorio una y otra vez, viéndome en ese receptáculo de cristal una vez mejor que otras. 
Pero acabe haciéndolo, me costó mucho dar ese paso, pero lo conseguí. Cuando se lo dije, apenas pude mirarle y él que me conocía  desde hacía tiempo, sabía lo mucho que me estaba costando acceder a su petición. Intentó restarle importancia al tema  y con la ayuda de varios bit bíters   y en un tono jocoso dimos el tema por zanjado por el momento.
Llegado el dia de ese posado que me tenía tan alterada.   Me indicaste sin siquiera mirarme,  que una vez me hubiera deshecho de la ropa tras el biombo, me fuese a tumbar sobre los almohadones y el futón chino. Como un autómata, hice todo lo que me había dicho. Tarde  en desnudarme. Me costó terriblemente  salir de detrás de aquel parapeto de madera mostrando mi desnudez ajada. Es cierto que en ningún momento él me recrimino mi tardanza. Sentí  que me echaba fuego la cara. Me imaginé  el sonrojo de mi  rostro en comparación a la tonalidad nívea del resto de mi cuerpo. Con  una de sus sonrisas entre picara y malévola  me dijo que estaba preciosa y a continuación me rogó que intentara relajarme. Las manos no dejaron de moverse intentando tapar  algo imposible de tapar de mi cuerpo, ante la sonrisa de él . Lo que me hacía sentirme  ridícula. Cualquier  jovencita lo hubiese hecho con el desenfado y naturalidad al que suelen estar  acostumbradas. Mientras pensaba en eso, él se me había acercado sin que yo lo  hubiese advertido.  Me tomó de una de las manos y me llevó hasta el futón y los almohadones  de colores para hacerme tumbar sobre el.

Sus  manos fueron paseándose por mis hombros, mis pechos, mis caderas con toda naturalidad.  Buscaba  luces y sombras. Intenté ocultar mi turbación, algo que me temo no fue posible, pues su cercanía me tenía muy alterada. Mi piel temblaba bajo cualquier de sus contactos. Preferimos no mirarnos. Una vez que me había conseguido  situar mas o menos como era su deseo , se  puso en pie con una gran agilidad y se dirigió  con su caminar característico cargado de decisión hasta un mueble medio roto que se encontraba en una de las esquinas del estudio, sacando de el una botella de vino tinto y dos copas polvorientas , que tuvo la delicadeza de limpiar con uno de los trapos con rastros de pinturas multicolor , lo que me hizo reír , dejándolo asombrado por no saber que había motivado esa risa.
Tomamos varias copas de vino, conversamos de nimiedades. Se puso sus lentes  y se  apoyó sobre un taburete  para ir  tomando apuntes  y más apuntes sobre un bloc,  unos validos y otros que acababan  rotos entre maldiciones.
No estaba acostumbrada a beber alcohol y el  vino había comenzado  a recorrer mis venas, alejando de mi mente el pudor.  Mientras  él manchaba el lienzo con trazos enérgicos,  mi imaginación ya un tanto enfebrecida le despojó de aquella camisa de cuadros medio rota y  manchada, ofreciéndome un pecho desnudo con restos de la hermosura de la juventud. Su piel tostada y su  vello  me atraía, me incitaban a recorrerlo, besarlo acariciarlo... volví a reír ante dichas imágenes y el  cosquilleo tan  agradable que estaba sintiendo entre los muslos. Apure de un trago el  resto del vino que quedaba en mi copa y volví a sentir como me ruborizaba al ver que él me había estado observando de reojo. Mi agitación se fue acrecentando por momentos.  Me preguntó si deseaba descansar, cambiar de posición, cosa que le agradecí inmensamente.

Volvió a llenar mí copa desoyendo mis negativas. Por unos instantes quedamos uno enfrente al otro. Con uno de sus dedos retiro un mechón de cabello de mi rostro. Nunca me había mirado como lo estaba haciendo en ese instante. Se inclinó sobre mí, besando ligeramente uno a uno mis pezones, lo que dificultó mi  respiración. Esos primeros besos estuvieron revestidos  por una calma que no llegó a durar mucho, dándole paso a la impaciencia del deseo. Sus  manos, sus dedos manchados de óleo y  olor a trementina se perdieron entre mi abundante cabello rizado atrayéndome con fuerza. Se fue produciendo una transfiguración en su rostro, que me asusto y me excito a la vez.

Sobre aquel montón de almohadones,   separó mis piernas sin brusquedad y acercando su rostro hasta ese punto empezó  a lamerme, a sorberme y a mordisquear mi clítoris. Mis manos se aferraron a su  cabeza, apretando su rostro contra mi pelvis. Aquello estaba enloqueciéndome, arrancándome fuertes gemidos. Lo  deseaba. Me incline hacia a él  para quitarte la camisa manchada de pintura, luché con aquella hebilla del cinturón que se resistía ante mi nerviosismo. Una vez desnudo, Besaste mis ojos, mis labios, introduciendo tu lengua en esa cavidad húmeda y entrelazándose a mi lengua. Nuestros cuerpos se fueron sintiendo el uno al otro. Mis pechos parecían estar echando  fuego. Nuestras respiraciones ahora eran roncas. Te pusiste de rodillas sobre mi cintura. Apresé tu miembro entre mis manos y lo acaricié, sintiendo como la sangre borboteaba bajo aquella piel tan sensible, lo frote una y otra vez, lo lubrifique con abundante saliva, lo que hizo que se me escapase de entre las manos una y otra vez. Acerqué mis labios hasta su  prepucio que roce con ellos, mientras tu esperabas con impaciencia que me la introdujese en la boca, una vez lo hice, tu espalda se arqueo victima del placer que estabas sintiendo. Gimió de nuevo  y se mordisqueo los labios. Mi desinhibición  estaba culminando. Nunca creí poder llegar a realizar aquello.  Levanté su  miembro para jugar con tus testículos, lamiéndolos, mordisqueándolos, traviesamente, metiéndolos por entero dentro de mi boca, lo que te hizo que su cuerpo se convulsionara repetidas veces. Ahora el olor a trementina y a pintura se confundía con la del aroma a sexo que destilaban nuestros cuerpos. Sumidos en el vértigo del deseo. Se levantó  como por efecto de un resorte y dirigiéndose  hasta tu mesa de trabajo, recogió unas cosas, regresando de nuevo conmigo. Advertí que en tus manos llevabas tubos de pinturas. Mi mirada curiosa y expectante siguió cada uno de tus movimientos. Echaste un poco de cada uno de aquellos tubos sobre distintas partes de mi cuerpo, sentí como aquella cremosidad tan fría había conseguido excitarme más. Tus dedos como si fueran pinceles arrastraron tras de si aquellos colores, que irían recubriendo mi piel con dibujos delirantes. Mi vientre se convirtió en segundos en algo parecido a un lago verde esmeralda, mis pechos brotarían bajo tonalidades calidas y enervantes como bocas llameantes. La entrada de mi sexo se transformó en una enorme boca de labios incitantes. Una vez terminaste con aquella forma tan singular de provocarme, me miraste a los ojos y bajando esa mirada hasta mi coño en forma de boca, pusiste ante ella tu enorme y exultante miembro, su roja cabeza besó aquellos labios tras los que se escondía la entrada a ese lugar en el que el fuego seria aplacado por la humedad de los jugos de su sexo. Arrastrando tras la transpiración de tu piel parte de tu obra pictórica. Entraste una y otra vez en esa oquedad, embistiéndome incansablemente, arrancándome gritos confusos entre el dolor o el placer más intenso. Enajenada me provocaba a mi misma, estrujando con las manos mis pechos, con excitados pellizcos a mis pezones, arrancándoles el color carmesí que él les habías prestado. Cuando supo que iba a correrse, aferró  con fuerza mis nalgas dominadoramente, arremetiendo ésta vez con mucha más fuerza, hasta que sus testículos se clavaron reiteradamente en mi coño, produciendo un singular sonido. Por fin te derramaste salvajemente en mis entrañas, surgiendo de tu garganta una especie de alarido triunfante. Yo con las uñas aún clavadas en su espalda, disfrutaba del fluir de ese líquido caliente que salía de esa oscuridad para deslizarse por mis muslos.

Exangües y jadeantes quedamos sobre aquellos revueltos almohadones, el uno en brazos del otro, sin que su miembro hubiera salido de mis adentros. Así esperamos a la normalización de nuestros cuerpos. Nunca imagine cuando me pediste que posara para ti, que me vería inmersa en algo parecido. Una vez salio de mí, pasamos un tiempo mirando el techo en silencio, hasta que los dos rompimos ese silencio con nuestras risas. Volvimos a ser quiénes éramos. Con el tiempo  los orgasmos se me olvidaron, sus caricias y besos aun los recuerdo.


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