17 de abril de 2009

Cuento

oy una amiga de tu madre. No sé si has oído hablar a tu mamá de Las amigas Clarisas, ésas a las que les gusta escribir cuentos y se reúnen de vez en cuando. Todas quedamos en escribir un cuento especialmente para ti y regalártelo este día. Yo no he podido hacerlo y lo siento, últimamente estoy algo vaga. Pero espera, que he de contarte algo que me ha ocurrido esta última semana y que te va a sorprender tanto como me ocurrió a mí , verás…


Hace unas noches me puse delante del ordenador dispuesta a escribirte ese cuento. Estuve pensando en qué tipo de historia podría gustarte. Pero mi imaginación se negó a ayudarme, desde hace tiempo no da palo al agua ¿sabes?.
Decidí ponerme a buscar en internet en páginas para niños. Búsqueda que curiosamente me llevó hasta el mundo de los seres diminutos como son los duendes, elfos, gnomos, hadas, etc…
_ ¿Que por qué digo curiosamente? Calla y verás.
Hacia tantos años que no leía nada sobre ese mundo tan maravilloso y fantástico, que su lectura fue atrapándome durante horas, hasta ir cayendo sin darme cuenta en los brazos del sueño de la madrugada.
Un golpe seco logró despertarme sacándome de ese sueño. Miré a mí alrededor para ver qué había producido ese ruido. Lo único que vi fuera de su sitio fue un libro que había en el suelo. Al recogerlo vi extrañada que era un libro que desde hacía años sólo movía de la estantería para limpiarle el polvo. Trataba de leyendas sobre seres mitológicos y fantásticos. Me pregunté cómo había podido caerse ese libro sin que nadie lo hubiera tocado.
El parpadeo luminoso de la pantalla del ordenador llamó mi atención. En letra verde, y un tanto infantil, había escrito algo. Se trataba de una historia preciosa sobre duendes, gnomos y hadas que no recordaba haber leído antes, ni de haberla dejado allí antes de quedarme dormida.
¿Supongo que habrás oído hablar de los duendes, hadas y gnomos ? ¡Pues claro que has oído hablar de ellos, que tonta soy! ¿Verdad?
Te lo pregunto, cielo, porque yo era uno de los muchos humanos que siempre han creído que los duendes y ese tipo de personajes eran sólo seres creados por la imaginación y la fantasía de los hombres, pero déjame que prosiga con lo que estaba intentando contarte …
Mis pensamientos se vieron de nuevo interrumpidos por otro golpe. Esta vez había salido de detrás de la pantalla del ordenador. La idea de que fuese un ratón, a los que les tengo auténtico pánico, hizo que se me acelerase el corazón. Decidí marcharme a la cama alejándome todo lo posible de allí. Al ir a apagar el ordenador, ocurrió algo sorprendente ante mis narices, dejándome con la boca abierta: me encontré con unos ojos diminutos y saltones que me miraban fijamente. Di un respingo asustada. Me quité las gafas y limpié los cristales, pues creí que se encontraban tan sucios que me hacían ver cosas extrañas. Cuando volví a ponerme las gafas, esos ojos habían desaparecido, lo que me tranquilizo. Habían sido los cristales, me dije avergonzada de mi misma.
Cuando iba a levantarme para marcharme a dormir, algo cayó sobre la mesa rodando, era como una especie de ovillo verde del que salían unos sonidos muy extraños, que parecían maldiciones. Una vez dejó de rodar, pude ver que se trataba de un niño muy, muy pequeño. Allí en un rostro repleto de pecas se encontraban aquellos ojillos saltones, junto a una nariz respingona. Asustada por esa inesperada aparición. No podía creer que aquello me estuviera pasando a mí, hasta me pellizqué con fuerza en el brazo para ver si estaba soñando. Pero no, no lo estaba, aquel pellizco me había dolido lo suficiente como para saber que estaba despierta y bien despierta.
Te hubiera gustado verlo, tal vez a ti no te habría asustado como me ocurrió a ni.
Aquel niño o lo que fuese, se sentó en el borde de la mesa y me estuvo mirando detenidamente.
Parecía haber leído mis pensamientos, pues rompió aquel silencio diciéndome con una voz que no iba demasiado a tono con su estatura:
_Tranquilízate y aparta tu temor, soy un duende y, aunque pueda sorprenderte, siempre he estado contigo, desde el día que naciste. He jugado contigo un montón de veces. Te reías al verme y con tus manecitas intentabas cogerme, al no lograrlo te ponías a llorar, sin que nadie supiera la razón. Algo que ha pasado y sigue pasando en todas las casas donde hay un bebe.
_¿Recuerdas cuando siendo una niña tus juguetes desaparecían o la mecedora de tu dormitorio se movía sin que nadie la tocara? ¿Recuerdas que a veces en el patio las hojas de las plantas se agitaban sin que hiciera viento? ¿O cuando te despertabas por cosquillas en tus orejas o en la nariz? Todas esas cosas que parecían no tener una explicación lógica, la tenían, pues yo era el causante de algunas de ellas. De otras lo fueron otros duendes o hadas que, como yo, hemos vivido a tu lado sin que pudieras saberlo.
_Pero si los duendes no existen más que en los cuentos_ le dije.
_ Más bien nos hemos valido de los cuentos para darnos a conocer; nos hemos manifestado a través de personas sensibles.
_Y ¿por qué no lo habéis hecho directamente, como lo estás haciendo ahora?
_Eso es lo que hacemos, pero es bastante complejo porque no todos lo entienden. Cuando eras pequeña casi no salías de nuestro mundo. Ahora tratas de apartarnos de tu mente porque crees que eso es propio de la niñez y, claro, tú ya eres muy madura. Las cosas, mi querida amiga, no ocurren por casualidad y el que yo me encuentre visible para ti en este momento tampoco lo es, todo tiene una razón. Como la de ese cuento que llevas días intentando escribir, sin que logres hacerlo. Siempre ha pesado demasiado sobre ti la inseguridad, ella te ha impedido realizar muchas cosas. Tienes bloqueada la imaginación. Estás en apuros y creo poderte ayudar.
No sabía si reírme por lo que me estaba ocurriendo o seguir asustada. Mientras escuchaba sus palabras, no podía evitar seguir pensando en que aquello no podía ser real.
Su rostro se ensombreció y me preguntó:
_ ¿Por qué ese empeño en no creer que esto pueda ser real?
_Desde hace tiempo veo como te vas alejando de ese mundo que encontraste tras la escritura, algo que me duele tanto como a ti. Esperé que sólo fuese algo pasajero y que volverías a atravesar esa puerta que tantas cosas te ha ofrecido, pero he comprobado que no es así. Tus hermanas “Clarisas” han cumplido con su trabajo, han escrito ese cuento con el que obsequiar a ese niño, en su primera comunión, menos tú. No puedes dejarle sin esa magia que esconden las palabras, trasportándote a reinos lejanos en los que viven personajes curiosos y sorprendentes.
Escucharle todo aquello me hizo sentir mal, muy mal, humedeciéndoseme los ojos. Él continúo hablando y hablando._ Así que le pedí al sueño de la madrugada que te abrazase, mientras que yo saltaba de tecla en tecla en el ordenador y escribía ese cuento que hace un rato has leído. Fue divertido hacerlo .
_Pero, pero,_ Le dije, en una especie de queja, que él interrumpió muy enérgicamente.
_No hay peros, ni peros, ni ninguna zarandaja. El cuento está terminado y listo para que lo pases a la impresora y se lo lleves a ese niño.
De una de sus bocamangas se sacó un pañuelo verde y haciendo gala de un fuerte carácter me lo entregó con un:
_ Límpiate los ojos, anda, que todo lo intentas solucionar llorando.
La verdad es que me fastidiaba un montón que alguien tan pequeño pudiera hablarme de aquella manera y estuve a punto de decírselo, pero al final decidí que sería mejor no hacerlo. Él estaba intentando ayudarme.
Durante horas aquel duendecillo se dedicó a contarme cosas increíbles sobre ellos, sobre las distintas clases de duendes, qué hacen y cosas así. Mientras me contaba todo aquello no dejó de moverse, haciendo graciosos gestos con cada parte de su rostro.
Las horas habían ido caminando silenciosamente para no interrumpir esa fantástica conversación. Pero empecé a sentir un gran peso sobre mis parpados, cerrándoseme los ojos de vez en cuando. Al mirar hacia la ventana, vi como se iban aproximando las primeras luces del alba, esas que llegan con la mañana. Pronto amanecería, me dije, y yo aun no había dormido apenas.
No deseaba interrumpir al duendecillo, que no dejaba de hablar y hablar incansablemente. Pero el cansancio me fue venciendo y por más que intentaba no dar cabezadas, no podía evitarlo. Así que volví a quedarme dormida profundamente.
Esta vez me desperté por el sonido del timbre de la puerta. Nada más abrir los ojos, recordé al duendecillo, buscándolo a mí alrededor con la mirada. Allí no había nadie, miré tras la pantalla del ordenador por si acaso, nada, no estaba.
Seguía escuchando el insistente timbre de la puerta. Me puse las gafas y de repente recordé lo del cuento con letras verdes que había leído hacía unas horas en esa especie de sueño o lo que fuese…,
Sin pensarlo dos veces encendí el ordenador. Nunca se me había hecho tan larga la espera del inicio de Windows. Por fin se abrió esa especie de ventana y pinché con el ratón sobre la carpeta donde se guarda todo lo que escribo. En el fondo tenía la esperanza de que todo lo ocurrido esa madrugada hubiera sido real y no sólo parte de un sueño, como empezaba a creer.

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